Diario Sur

FÚTBOL ESCRITO

La Rosaleda, nuestra historia

Incluso en una ciudad tan despegada de sí misma como Málaga, ¡ay si ese pecado original fuese exceso de amor propio y no indolencia!, hay símbolos indiscutibles y bien engastados en la memoria colectiva. Solamente los malagueños mayores de 80 años tendrán recuerdo, si el tiempo no ha hecho mella, de una explanada junto al Guadalmedina, en Martiricos, donde igual se plantaban rosas y refrescaba en invierno. Pero los más jóvenes hemos visto siempre La Rosaleda en su sitio, a la vera del río, al principio humilde, pequeña; después ampliada, testigo de los nueve goles de Bazán al Hércules, espectadora privilegiada de las gambetas de Viberti y el pundonor de Migueli, engalanada para albergar un Mundial. Di Stéfano jugó en ella y perdió. Hasta Pelé saltó a su césped con el Santos, años antes de que Cruyff diera el espectáculo tras ver su primera tarjeta roja en España. Y Maradona, Hugo Sánchez, Mágico González, Zidane, Iniesta, Ronaldo (los dos), Raúl, Messi, Isco, Joaquín, la chilena de Baptista, el Oporto en la Champions... La historia de La Rosaleda no es sólo la del equipo de nuestra vida y sus grandes rivales; es la de cada malaguista anónimo que ha llorado de felicidad y tristeza en esas gradas. Una tarde de septiembre de 1983 tuve la fortuna de que Salvador Salas me hiciera una foto con Juanito antes de empezar aquel histórico CD Málaga, 6; Real Madrid, 2. Se ve bien la bandera blanquiazul en mi mano derecha. Yo estaba en casa y él era el rival aquel día. Pero años más tarde, ya en nuestro equipo, se desquitó con una vaselina inolvidable a Buyo largamente celebrada. La Rosaleda acaba de cumplir 75 años y ha visto tanto... En cierto modo nos hemos criado en ella. Ahí sigue y ahí debe seguir.