Diario Sur

LA TRIBUNA

Población, economía y medallas olímpicas

No solo la celebración de los Juegos Olímpicos de verano está marcada por las ceremonias programadas. También tras su clausura tienden a repetirse algunas rutinas que forman parte de la praxis olímpica. Entre estas, es usual buscar explicaciones a la posición de los distintos países en el medallero. El célebre lema de Pierrre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos, relativo a la preeminencia de la participación frente a la victoria, no deja de ser un espejismo, a la vista de la trascendencia real de la consecución de la gloria deportiva.

En este contexto, no faltan modelos matemáticos que tratan de calibrar la cifra de medallas conquistadas por cada país, lo que, el pasado mes de agosto, abordaba la revista 'The Economist'. Hace algunos años, los profesores Andrew Bernard y Meghan Busse publicaron un estudio en el que trataban de identificar los principales determinantes del éxito deportivo: de entrada, la población, que permite a los mayores países tener una base más amplia y diversificada de atletas y, así, una mayor probabilidad de cosechar medallas. Sin embargo, constataron que los cuatro países más poblados del mundo, con un 43% del total, solo obtuvieron, en 1996, el 6% de las medallas. Evidentemente, hacía falta incluir otras variables importantes, como el nivel de desarrollo, a través del producto interior bruto (PIB) por habitante.

Una vez que se tienen en cuenta ambas variables, población y nivel de renta per cápita, se percibe una mayor correspondencia. Pues bien, el efecto conjunto de las dos nos lleva directamente al valor absoluto del PIB: obviamente, por definición, si multiplicamos el número de habitantes de un país por el valor de la producción media por persona, obtenemos el valor de la producción total del país, su PIB. Según los datos aportados por los citados investigadores, este es el indicador individual que mejor pronostica la actuación olímpica de un país, de manera que dos países con el mismo PIB, pero con diferentes poblaciones y producciones por habitante, obtendrían un número similar de medallas.

¿Tiene el PIB realmente tanta capacidad explicativa? Si comparamos los datos del número de medallas conseguidas por cada país en los Juegos de Río de Janeiro con el montante del PIB respectivo, observamos que hay una clara relación estadística positiva. El coeficiente utilizado habitualmente para medir la correlación entre dos variables (que puede oscilar entre -1 y +1) se sitúa en +0,60. El coeficiente apenas varía (59%) si, en lugar de tomar el número de medallas, estas se ponderan en función del color del metal (por ejemplo, con 3 puntos las de oro, 2 las de plata y 1 las de bronce). Mucho más difícil es establecer una ponderación atendiendo a la relevancia de las disciplinas deportivas y al grado efectivo de dificultad en el acceso al podio en cada una de ellas.

Se trata de una correlación notable, pero, desde luego, muy lejos de ser perfecta, como era de esperar. Hay grandes desviaciones, positivas y negativas, respecto a una supuesta relación lineal. Así, la dimensión económica de un país aparece como un indicio valioso para calibrar la actuación de sus deportistas, pero, lógicamente, no nos aporta una explicación completa.

Entre los países cuyos éxitos están por encima de la estimación derivada del ajuste de una línea a los datos observados se encuentran Estados Unidos, China, Reino Unido, Federación Rusa, Azerbaiyán, Kazajistán, Holanda, Hungría y Kenia. En la situación contraria figuran, entre otros, Turquía, Suiza, México, Argentina, Indonesia e India. Por su parte, España, decimocuarta economía mundial, ocupa una posición en el medallero acorde con su magnitud económica. Sin embargo, la mera comparación de los pesos dentro de los agregados del PIB y de las medallas invita a relativizar y matizar la influencia directa del tamaño de las economías. Para afinar más es preciso incorporar ecuaciones algo más complejas.

El éxito de la representación deportiva del Reino Unido, concretado en 67 medallas, solo 3 menos que China, viene siendo objeto de valoración y estudio, a fin de vislumbrar los atributos de un modelo que pudiera servir de pauta a otros países que pretendan progresar en el medallero olímpico. Los análisis realizados destacan varios factores: I) el aumento notorio de las inyecciones económicas para la promoción de las actividades deportivas de élite, financiadas con la lotería nacional, en una línea iniciada con anterioridad a la celebración de los Juegos de Londres en 2012; II) puesta en marcha de programas de desarrollo atlético, basados en la detección de potenciales ganadores, contratación de entrenadores experimentados, dotación de equipamientos, estricta programación, y evaluación y seguimiento permanentes; III) financiación selectiva de aquellas disciplinas con más probabilidades de éxito, en detrimento de otras a las que se retiró el apoyo económico. Algunas palabras clave emergen así de la estrategia británica: disponibilidad de recursos, asignación selectiva de estos, dotación de centros y de equipamientos, programación estricta, adiestramiento técnico de primer nivel y gobernanza adecuada.

A la vista de tales logros deportivos, no han faltado propuestas para trasladar la estrategia aplicada al ámbito de la política industrial. Sin embargo, algunos economistas consideran que sería un error pensar que en el área económica tiene que prevalecer el enfoque de «los ganadores se lo llevan todo» típico de las competiciones deportivas. Respecto a la producción de bienes industriales, no tiene sentido obsesionarse con encaramarse a los primeros puestos en las clasificaciones internacionales, sino, más bien, garantizar una buena actuación en una amplia gama de segmentos.

Aparte del deporte, los gobiernos deben preocuparse también por alcanzar buenas posiciones en relación con los servicios públicos, esenciales para el crecimiento económico. Ante unos recursos limitados, es ineludible llevar a cabo elecciones. Aunque es cierto, como destaca 'The Economist', que «el pan importa más que los circos», no lo es menos que las cuentas económicas no son capaces de recoger el verdadero valor del deporte para la sociedad.