Diario Sur

LA ROTONDA

Liberales o no tanto

El concejal de Hacienda de Marbella acaba de admitir que la provisionalidad política que vive el país impide una ampliación del presupuesto municipal en cuatro millones de euros. Pese a contar con superávit, el Ayuntamiento no tiene a quién solicitar que se soslaye el techo de gasto.

Días atrás se supo también que la falta de constitución de un nuevo gobierno está bloqueando una operación que podría resultar determinante para el futuro no de Marbella sino de toda la Costa del Sol: la venta a un grupo inversor de la concesión de Puerto Banús, pendiente de que se autorice la ampliación del recinto. Los cambios normativos aprobados en los últimos años sobre la duración de las concesiones impiden tener certeza sobre hasta cuándo tiene vigor la licencia otorgada en 1968 a José Banús. Hasta que el Gobierno informe sobre cómo debe interpretarse en este caso la última modificación legislativa -es decir, si el vencimiento es en 2018, 2043 o 2067- no se seguirá avanzando en la concreción de la operación, en la que en principio están de acuerdo la parte compradora y la vendedora. Nadie con su responsabilidad en funciones se atreve a poner la firma en un asunto de tanta relevancia, con cientos de millones de euros en juego.

Son dos ejemplos conocidos recientemente y que tenemos aquí a la vuelta, pero que seguramente se multiplican con otros negocios bloqueados, inversiones que no se concretan y operaciones pendientes de alguna decisión política que ningún responsable con la sombra de la interinidad sobre su cabeza parece dispuesto a asumir.

Bélgica estuvo 541 días sin que se constituyera gobierno y hubo quien aseguró que el país nunca había funcionado mejor; sobre Italia se suele decir que sus gobiernos efímeros y sus recurrentes crisis políticas son irrelevantes para la buena marcha de la próspera economía del norte y de la aceitada corrupción del sur; sobre Argentina se aventuraba en otras épocas que sus riquezas naturales le permitían recuperarse por la noche, cuando los políticos dormían. Chorradas.

Hasta los más radicales del dogma liberal, cuya prédica machacona considera a la política y sus regulaciones un estorbo para la libre iniciativa del capital, reclaman que haya un gobierno, aunque sea uno malo, porque incluso ellos saben que no hay economía que pueda funcionar en medio de una parálisis institucional. No deja de resultar curioso que quienes más suelen abjurar de las interferencias políticas en la economía sean precisamente los que, con más indignación, protestan cada día por la resistencia de los partidos a negociar un salida a esta situación impresentable. Igual es que no están tan convencidos de lo que defienden de la boca para afuera.