Diario Sur

The fucking homo sapiens

Como un jirón de nube circula una corriente que pide que los hombres dejen de comer animales, pues ya no tienen garras, ni colmillos, así que para qué. Algunos científicos, en cambio, opinan que si somos lo que somos es gracias a la carne. La energía de nuestras presas permitió que tuviéramos un cerebro mayor y que pudiéramos dejar de pastar y dedicarnos a inventar las herramientas, el fuego, las metáforas, la tortilla de papas con cebolla, el toreo, la última fila de los cines, Mimí en la buhardilla de 'La Bohème' y hasta la Declaración Universal de Derechos Humanos para que la cite Rita Barberá en su último comunicado.

Alguien respondía el otro día en Twitter: podemos cazar sin garras ni colmillos porque «somos el fucking homo sapiens». Toca pedir perdón por todo, hasta por ser humanos. Porque el hombre le puso la pata por lo alto a otras muchas especies y esto ocurrió mucho antes de que López de Uralde denunciara el cambio climático con una foto de un termómetro callejero de Sevilla. Esta moda de echarse la culpa de todo me exaspera como una resaca que no deja dormir, pero todo el mundo tiene derecho a equivocarse, hasta yo. Les juro que lo ejerzo con frecuencia, como si fuera a caducar.

El intento de algunos por cambiar nuestra relación con los animales es legítimo, pero con todos los animales; no sólo con lo de los encierros y plazas de toros. La tauromaquia es un espacio en el que se trata del disfrute intelectual en un proceso en el que se dispone de la vida de un animal, aunque la muerte no sea su objeto. Esto es exactamente lo que sucede con una merluza cruelmente extraída del fondo del mar, aplastada en una red con los cientos de cadáveres de sus compañeros y degustada por un señor de Murcia. Pero toda esa muerte que no se ve.

Ayer, en Tordesillas el toro que sobrevivió murió en un matadero a traición de su propia naturaleza combativa, sin defenderse, en privado, como dos millones y medio de bóvidos al año en España. De esos nadie dice nada, ni esa mujer de la manifestación del Pacma, que se quejaba de que se había muerto un perro de su protectora y nadie la había llamado a dar el pésame, y a Raquel Sanz, la viuda de Víctor Barrio, le habían mandado un mensaje muchísimos españoles. Le parecía mal, se entiende.