Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Cayeron las más altas torres

El nacionalismo y el fanatismo no son las únicas pócimas de la Historia Moderna. Hay algo peor que matarse o incinerarse en nombre de una fe o de una bandera, y es el nuevo terrorismo organizado al que no le basta la inmolación personal sino que sacia su sed con el aniquilamiento del otro, y si son muchos otros pues mejor. No en vano el doctor Johnson escribió que el patriotismo exacerbado es el último refugio de los canallas. Todos los años el mes de septiembre, con sus tormentas no natas, tibio anuncio de un otoño que no cuaja, me recuerda la fecha en que Occidente tembló dos veces en el continente americano, y las dos en nombre de distintas utopías arrancadas de cuajo. El primer temblor fue en Chile y no precisamente lo causó un terremoto. Y es que el 11 de septiembre de 1973, el ejército chileno, instigado y pagado por la CIA, derrocó y asesinó, u obligó a suicidarse, al presidente Salvador Allende, después de que este se negara a abandonar el Palacio de la Moneda, sede del gobierno, que fue bombardeado sin clemencia por aviones de la armada procedentes de Valparaíso. El segundo temblor ocurrió en Nueva York con el ataque y demolición de las Torres Gemelas, símbolos del modelo norteamericano que se alzaban majestuosas en el gran Nueva York, cosmopolis entre cosmopolis.

En ambos casos las televisiones del mundo retransmitieron, minuto tras minuto, los epicentros de la catástrofe. El golpe de Pinochet lo viví más o menos cerca, en Rosario de Santa Fe, mi ciudad natal, yo tenía trece años y desde entonces me han quedado fijadas en la retina aquellas brutales imágenes. Las pantallas de Canal 7, en blanco y negro, gracias a la Agencia Reuters, nos hicieron vivir en directo el ataque en el perímetro de La Moneda, donde se había refugiado Allende con sus leales; se escuchaban tiroteos entre soldados y civiles, apostados en el primer piso y en la terraza del Palacio, que defendían el orden constitucional. Pero especialmente me viene a la memoria la aparición de aquellos dos Haws dejando caer lánguidamente sus bombas sobre la entrada de la que había sido antigua Casa Real de La Moneda, mandada a construir por nuestro Carlos III, para gloria de un Santiago de Chile en ese momento anegado en sangre. Eso, y los tanques rodeando el edificio. El ataque a las Torres Gemelas, el famoso World Trade Center, organizado por el tumor infame de Al-Qaeda, lo vi también en directo, en Málaga, una aciaga mañana que no olvidaré en que fue loable el esfuerzo de la Primera de Televisión Española. Un infierno imparable: el ataque de los aviones y el posterior derrumbamiento de la Torre Norte, las personas que se arrojaban, la polvareda, el caos instalado en Manhattan, corazón del mundo, me dejaron atónito, semejaba una película financiada por Hollywood, con la diferencia de que era pura realidad y no ficción, y los muertos eran de carne y hueso. Por eso les confieso que me embarga una enorme tristeza y un profundo desánimo cuando todos los años llega el fatídico 11 de septiembre.