Diario Sur

ABOGANDO

Puerta giratorias

Nos parecen de lo más normales. Estamos acostumbrados a utilizarlas y aunque tienen su riesgo no son muchos los siniestros que ocurren, salvo los lógicos que sufren los niños que no están demasiados familiarizados con su funcionamiento e intentan detenerlas con sus deditos. No son muy antiguas: por lo menos, la primera patente es de 1881, registrada en Berlín por un tal Bockhacker bajo el curioso nombre de «Puerta sin paso de aire». Es natural que se inventase en esas latitudes y con ese específico objeto. Se evitaba así la entrada intempestiva de la baja temperatura exterior ya que las tres hojas impiden que el espacio que ocupa quede desguarnecido. El invento se popularizó y en los Estados Unidos, otro caballero, poco después, registró otra patente con el título de «puerta de estructura de tornado», Storm-Door Structure, la rueda con tres radios equidistantes. De 1899 data la primera, fabricada en madera, en un restaurant de Times Square, en Nueva York. En invierno, se evitaba así un frío del demonio y, ahora, en verano, que se refrigerase con aire acondicionado todo el espacio aéreo.

Pero no es a eso a lo que quiero referirme. La expresión ya no sólo alude esa fórmula de acceso a un edificio sino a ese paso sin solución de continuidad -espero estar empleando bien el término- de la judicatura a la política y de la política a la judicatura. El caso paradigmático lo tuvimos con un Juez de la Audiencia Nacional de cuyo nombre no necesito acordarme porque está en la mente de todos que no pudo ser ministro y, por eso, se enfadó y volvió a su mucho más poderoso cargo. Hace poco, hemos tenido el ejemplo de una señora con un problema de utilización de la sala de autoridades que fue elegida diputada en la efímera legislatura y que se quedó fuera de la actual, no por voluntad propia pero muy consolada por su jefe de filas. Algo es algo. Me parece que en el nonato pacto de dos partidos que no fue refrendado por la investidura se incluye un punto entre los ciento cincuenta para evitar estos trasvases pero no estoy muy seguro.

Hay otra acepción de puertas giratorias: la de la detención por delito flagrante y la puesta en libertad, provisional o no, por el juez una vez prestada declaración. El personal, especialmente, el que resulta víctima del delito, no comprende este mecanismo porque le parece que el malhechor debería pudrirse en la cárcel. Y, en general, a la opinión pública, cuando se entera de que algún detenido tiene pendiente chequechentos procedimientos judiciales por hechos similares, generalmente hurtos o robos, demuestra su estupefacción por la aparente inutilidad del entramado judicial.

No puede ingresar en prisión todos los investigados mientras se dilucida su culpabilidad o inocencia. Habría que habilitar espacios inconmensurables al efecto. Ya están suficientemente sobrepobladas las prisiones para que se admitan nuevos internos. La prisión provisional no es un anticipo de la condena. Es una medida excepcional que no debe adoptarse sino en casos especiales. El artículo 503 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal exige la concurrencia de diversos requisitos para su adopción: que la pena que correspondería al delito sea igual o superior a dos años o si existiesen antecedentes penales no cancelados, que haya motivos bastantes para creer responsable criminalmente al que vaya a ser privado de libertad y que se persiga alguno de estos fines, evitar el riesgo de fuga, la ocultación, alteración o destrucción de las fuentes de pruebas, evitar que el imputado pueda actuar contra bienes jurídicos de la víctima o que exista riesgo de que el imputado cometa otros hechos delictivos.

Hace unos días, un ciudadano que había atropellado con resultado de muerte a una pobre señora que cruzaba la calle por un paso de peatones en San Pedro de Alcántara ¡oh, los pasos de peatones! y había huido porque, según su explicación había quedado muy conmocionado, fue puesto en libertad después de pasar varias semanas a la sombra. Y gracias al buen hacer de mi amigo Jorge. La medida cayó mal entre el público que parece que quería que al hombre le fusilasen sobre la marcha. ¡Vivan las cadenas!

La gente desea a los demás lo que no desea para si mismo.