Diario Sur

CITA EN EL SUR

Divinas palabras

El domingo volvió a celebrarse una multitudinaria Diada pero, para compensar, la marca España recibió un inesperado apoyo. Resulta que una siciliana que llevaba cuatro años en coma despertó de repente y se puso a cantar por Julio Iglesias. En Italia han pasado por alto este importante dato. Entiendo que esos momentos deben de ser complicados y uno no se para a elegir lo que va a cantar, pero muchos italianos habrían deseado que escogiese algún tema de Albano y Romina Power, por ejemplo. Menos mal que no cantó 'L'Estaca', de Lluis Llach, pues podría haber servido como argumento definitivo para convencer a la otra mitad de catalanes. Los médicos se han apresurado a informar de que un hecho así sólo sucede una vez cada cinco años, pero no han aclarado si se referían al hecho de despertar o al de cantar una canción de Julio Iglesias.

Lo cierto es que se dan tan pocos casos de despertar tras años de coma profundo que cuando ocurre puede considerarse un milagro. Por eso mismo deberían esforzarse un poco en las primeras reacciones. En un pueblo de Arkansas despertó hace trece años un hombre que llevaba diecinueve en coma. A los pocos días de entrar en coma nació su hija, que de repente se encontró con un padre que le controlaba las horas de llegada, seguramente usando las que eran normales en 2003. Este hombre primero dijo «mami», pero en seguida lo estropeó todo porque su segunda palabra fue «pepsi». Imagino la mirada de la madre al padre, levantando muchos las cejas. El padre, comprensivo, diría que no pasa nada pero se iría a cortar leña, una actividad que a lo mejor hacía años que no realizaba. Cortar leña cansa, aunque estés en Arkansas, o en Kansas.

Peor todavía que las primeras palabras son las últimas, pues a menudo sabemos que queda poco. Deberíamos entonces sólo pronunciar sentencias importantes que serán repetidas cada vez que alguien pregunte qué es lo último que dijo. Ningún moribundo debería decir «niña, acércame el mando», o «¿aquí cuándo se come?». Ostras, si tienes hambre levántate tú, aunque si estás moribundo es difícil, claro.

Muchos de nuestros políticos no deberían decir tanto «venga, va, ponme la última» si tienen que conducir, aunque no vayan a morirse. Es que resulta peligroso, y además del multazo de la guardia civil te puede costar la carrera política. Eso también es marca España, porque todos nos escandalizamos un poco, pero a quién vamos a engañar. A los dieciocho años tenía un amigo noruego que se sorprendió de que los vikingos fuéramos nosotros. En su tierra se sorteaba la plaza del conductor antes de comenzar la juerga, y ese no bebía. Aquí no puedes salirte en la curva que sube a un fiordo, ni chocar contra un alce, pero cada poco atropellamos a algún ciclista o a alguna señora que cruza un paso de cebra.

Lo ideal sería ser recordado por «no, gracias, tengo que conducir», aunque mejor todavía es que seas tú el que recuerda lo que dijo otro. Ahora, para decir «pepsi» mejor sigue durmiendo.