Diario Sur

LA TRIBUNA

La geopolítica olímpica

Cae el telón de los Juegos de la XXXI Olimpiada, los primeros en un país del hemisferio sur del continente americano. Las luces en la acalorada Ipanema siguen brillando y 11.551 atletas de 206 comités olímpicos vuelven a la 'vida real'. Muchos sueños hechos realidad y muchas decepciones acumuladas vinculadas al evento: la vida en una burbuja en toda regla. Sin embargo, estos atletas que representan a países no son elementos estancos abstraídos de la realidad que les rodea en su entorno cercano, y son precisamente estas realidades el origen de algunos comportamientos que alteran la esencia olímpica impulsada por el barón Pierre de Coubertin.

La carta olímpica, en su enunciado número cinco, habla de que «ninguna demostración propagandística política, religiosa, racial está permitida en las Olimpiadas». Excelente muestra de calidad humana con el deporte como hilo conductor, pero que en realidad olimpiada tras olimpiada no se consigue al cien por cien cumplir con este carismático capítulo del espíritu olímpico. La geopolítica y la historia forman parte habitual de los Juegos Olímpicos, y las muestras propagandísticas de conflictos entre países forman parte de la realidad olímpica, pese a quien pese.

Muchos son los ejemplos en la historia del olimpismo moderno. En los juegos de 1936 en Berlín, un atleta americano, Jesse Owens, ganó cuatro medallas. Podría ser una noticia en sí misma sin mayor calado, sin embargo la verdadera noticia que la historia recuerda es que el atleta era de color y ganó en feudo nazi. Doble valor para los que hacen uso de valores exógenos al deporte.

Los juegos de Londres en 1948 fueron los primeros juegos retransmitidos por televisión y los primeros en los que las potencias derrotadas en la segunda guerra mundial quedaban excluidas de la competición. En los Juegos de Helsinki en el 1952, los atletas de la extinta URSS tras 40 años sin acudir a los juegos fueron invitados. Sin embargo, la guerra fría aún estaba vigente en sus mentes y en sus actitudes, ya que decidieron no convivir con los atletas de 'occidente' viajando a diario para acudir a las competiciones desde el antiguo Leningrado hasta sus lugares de competición.

En Melbourne 1956 se dio una gran carga de conflictos políticos: China abandona el movimiento olímpico (hasta los 80) por el reconocimiento de Taiwan como miembro de pleno derecho; Egipto, Irak y Líbano no acuden como muestra de repulsa por la ocupación israelita de la península del Sinaí; e incluso España, Suiza y Holanda boicotean los juegos por la invasión soviética de Hungría. Les siguen Roma en 1960, Tokio en 1964, Méjico en 1968 y así sucesivamente hasta los juegos de Río 2016: todos los juegos han sido un perfecto escaparate mediático para escenificar pacíficamente conflictos entre naciones, etnias y/o religiones.

Causas y consecuencias, he ahí la cuestión. La influencia de la geopolítica en los juegos es una realidad cuyas causas y consecuencias son elementos indisolubles. Simplificando su análisis, existen dos ángulos: el relativo a las creencias de los propios deportistas y el relativo a la influencia del entorno geopolítico en los deportistas.

Un deportista, salvo excepciones, es un ser puro, de alma limpia y sinceridad frente a sí mismo. El deporte le inculca los valores del esfuerzo individual y colectivo, el sabor de la victoria y el espíritu de superación frente a la derrota. Sin embargo, el deportista es sobre todo persona que vive y ha vivido su realidad educativa, cultural y religiosa. Para algunos deportistas con profundas creencias religiosas y marcados por conflictos geoestratégicos propios o cercanos, es muy difícil competir contra otros deportistas de naciones con las que mantienen contenciosos históricos. Esto les lleva a competir con una sobremotivación, tan alejada del deporte como cercana a la historia.

Más relevante se antoja la influencia del entorno geopolítico en los deportistas. Un gran porcentaje de deportistas de todos los países pueden competir, tanto en los juegos como en competiciones internacionales, porque sus comités olímpicos financian sus entrenamientos y les permiten dedicarse a tiempo completo a su deporte. Como en muchos ámbitos de la vida, y este caso no es una excepción, se genera una gran dependencia a la 'causa' y son los deportistas que enarbolan su bandera los más proclives a mantener su 'status quo' personal. Por lo tanto, algunas delegaciones pueden tener incentivos para 'utilizar' a estos deportistas como correa de transmisión de sus objetivos y reivindicaciones. Evidentemente el impacto mediático que han supuesto los juegos olímpicos de Río 2016 son el perfecto escenario para estos menesteres: generación de vetos deportivos como traslado de vetos políticos entre naciones, donde el más influyente es quien domina al resto. Muchos intereses contrapuestos en esta 'geometría variable' de las relaciones diplomáticas y deportivas internacionales.

Los estadios son campos de batalla 'fair play' para los deportistas, además de un perfecto medio para entablar 'luchas' geopolíticas y geoestratégicas contra otras naciones, etnias y/o religiones. Ya son treinta y una las 'batallas ficticias' en forma de Juegos Olímpicos, donde los países invierten grandes cantidades de dinero y exponen su marca país como un emblema de orgullo, en pos de mostrar al mundo y a sus 'enemigos naturales' su supremacía deportiva, y por ende nacional.

Sigamos confiando en que todas las escaladas belicistas entre grandes naciones queden exclusivamente sujetas a victorias y derrotas en los terrenos de juego, y que los Juegos Olímpicos sigan siendo una eficaz herramienta para la humanidad en pos de su propia supervivencia.