Diario Sur

VOLTAJE

Los amigos de la peseta

Dicen que hablar de dinero es de mal gusto, pero nadie ha dicho que esté mal visto escribir sobre ciertas cantidades. Tratar al dinero como tabú es impropio de gente que quiere llevarse bien con él. Probablemente uno de los mejores consejos financieros que me han dado fue el de una conocida mía, rica como ella sola, que me contaba que cuando estuvo arruinada se dio cuenta de que se llevaba mal con el dinero, que le tenía rencor. Ahora achaca su riqueza a haber aprendido a llevarse bien con él, a recoger las monedas de céntimo que se encuentra y a no despreciarlo. Mi amiga es rica porque se hizo amiga del dinero.

Tenemos que llevarnos mejor con las pesetas. Por ejemplo, nunca entendí que a partir de que dejaran de aceptarse en los bares, habláramos de ellas como 'las antiguas pesetas'. ¿Por qué las llamamos antiguas desde el minuto uno? ¿Es que acaso habrá alguna vez pesetas de las nuevas? No se sabe, pero está claro que llamando a alguien 'viejo' en su cara es muy difícil hacerse amigo de él. Y miren cómo nos ensañamos a la hora de despreciar a esta moneda: todavía tenemos acumulada la friolera de 1.646 millones de euros en pesetas. La cantidad es asombrosa. Suficiente para comprar una empresa del IBEX 35 o terminar las obras del metro de Málaga, haciéndolo circular por lugares inimaginables. La peseta ya sólo la usan en sus conversaciones los economistas melancólicos y aquellas personas que desarrollan cierto gusto por escandalizarse al convertir los precios de euros a pesetas, una pequeña fórmula de tortura doméstica que por cierto es muy de padres, o eso es lo que piensas hasta que te sorprendes recordando con tus amigos que hace quince años podías salir una noche al centro con mil pesetas, volviendo en taxi, como un señor.

El Banco de España nos recuerda que tenemos hasta el 31 de diciembre de 2020 para cambiar el dinero en alguna de sus sedes, pero no entra en los motivos que mueven a los españoles a tener acumulado semejante pastizal. Por lo visto los turistas más despreocupados se llevaron un buen pico. También dicen que hay millones enterrados por ahí, como tesoros. La pereza, por supuesto, es otra de las motivaciones para no hacerlo. Hay millones de pesetas sueltas en monederos viejos y en bolsas de deportes que jamás volveremos a practicar. En este mundo dividido entre la gente que tira y la que guarda, los aficionados a la memorabilia guardan las pesetas porque sí, sin intención de hacer negocio ni abrazarse al coleccionismo. Ahora que me acuerdo, yo mismo tengo un cofre bajo llave con un billete de quinientas pesetas y una esperanza absurda de que vaya a revalorizarse con el tiempo. Quizás ese será el gran legado del que disfrutarán mis descendientes: un billete de quinientas pesetas, que ni siquiera era mío y que ahora no vale más de tres miserables euros.