Diario Sur

OJO DE HALCÓN

Nuestra casa

He tenido la suerte de conocer casi todos los campos importantes de España y en ninguno siento la emoción que me entra cuando salgo por la bocana y veo La Rosaleda. Probablemente sea porque de la memoria han desaparecido otros recuerdos, pero permanecen intactos todos los vividos en el recinto de Martiricos. Podría enumerar cientos de partidos, cientos de anécdotas y a cientos de jugadores. Por edad me quedé sin ver al gran Pedro Bazán (¡qué injusticia más grande que no tenga una puerta!), a Pipi o al genio de Sebastián, pero nadie me quita el «ahora, ahora...» en los córners, el murmullo cuando Aráez iba a lanzar una falta o la dificultad de ver el partido con tanto paraguas cuando llovía. Los buenos malaguistas, los que sufrimos solo dos horas a la semana, siempre recordamos el primer partido que vivimos en el estadio (¿verdad que sí?). El mío fue contra el Bilbao, en lo que ahora es Preferencia baja y con 'Fito' al timón. Hemos reído y sufrido, hemos llorado de felicidad, de pena o de impotencia, hemos pasado por momentos delicados, pero, sobre todo, hemos vivido. Hemos vivido mucho. En los escalones y en los asientos. Y también hemos soportado a vecinos de localidad que cuando llegaban el Madrid o el Barça eran blancos o azules, pero no blanquiazules. Pasado mañana nuestra casa cumplirá 75 años desde su inauguración oficial. No podrá estar conmigo físicamente el malaguista más grande que he conocido. «Yo solo me conformo con ver al Málaga jugar la Copa de Europa». ¡Y vaya sí lo vio! El nombre de mi tío Juan perdura para siempre en la sala de prensa. Como perdura para todo buen malaguista el recuerdo de aquel padre, abuelo o tío que le transmitió que La Rosaleda es nuestra casa. Va por todos ellos.