Diario Sur

Carmena de Calcuta

En quince meses que acaba de cumplir Manuela Carmena como alcaldesa de Madrid la exjueza de vigilancia penitenciaria se ha convertido en un personaje relevante de la vida política española. Su peculiar estilo de ejercer el poder municipal, su gestualidad buenista y la supuesta independencia política de la que presume configuran un talante inconfundible que se adora o se aborrece. Depende. La última chiquillada de esta veterana progresista ha sido su confesión de que la semana pasada desayunando en su cocina escuchó que más de un centenar de inmigrantes habían logrado saltar la valla de Melilla y ella había aplaudido internamente «porque son los mejores, los más valientes y queremos que vengan con nosotros y lo queremos de verdad». Carmena tiene un lío entre la política y la caridad. Pero la política se ocupa de buscar solución a los conflictos y la caridad es territorio de los Mensajeros del padre Ángel o de Cáritas, o las docenas de ONG que velan por los más desfavorecidos.

La alcaldesa de Madrid parece encontrarse más a gusto invitando a los sin techo a cenar en Nochebuena que tomando decisiones complejas en el despacho consistorial. Una especie de Carmena de Calcuta. Después de las vacaciones estivales en una entrevista radiofónica a modo de balance de su mandato Carmena dijo que la clave de su 'éxito' y lo que más valoran los ciudadanos, a su juicio, es tener una alcaldesa que se mueve en bicicleta, que se la encuentran en el Metro «como una persona normal» y que es como una abuela comprensiva y cariñosa. Por infantiles que resulten algunos de sus argumentos, está acreditado que ha conquistado una cuota significativa de popularidad. Y no hay que desdeñar el impacto positivo que efectivamente estos mensajes gestuales logran entre una parte de los capitalinos. La verdad es que está todo inventado. En los momentos álgidos de la presidencia de Zapatero se estudiaron a fondo las llamadas «estrategias del buenismo» y del intervencionismo humanitario como panacea para los males de la sociedad y propaganda subliminal.

En sus Cuadernos de pensamiento el analista Valenti Puig recordaba que en el lenguaje político americano se usa el término 'bleeding heart' (el corazón que sangra) para señalar al político progresista que se preocupa por todos los males y miserias con una sobrecarga de sentimentalismo. Okupas, sin techo, desahuciados, manteros, son área de operaciones de Carmena para demostrar lo que ella define como «otra forma de hacer política». Como ha escrito Digby Anderson en su ensayo sobre la sentimentalización de la sociedad moderna, los sentimientos quedan por encima de la razón, la realidad y el autocontrol. Donde antes predominaban las ideas o los intereses, ahora están las exhibiciones de sentimentalidad. En estos términos, la política ya tiene que ver más con lo que suena como bueno, con lo que caerá bien, que con la realidad.