Diario Sur

LA TRIBUNA

La cara oculta del sistema sanitario

Si hay algo en que parecen estar de acuerdo todos los políticos, de izquierdas, derechas, constitucionalistas, separatistas, monárquicos o republicanos es que nuestro sistema sanitario público es uno de los mejores del mundo, lo que posiblemente es cierto, y en que ninguno se atreve a poner claramente en duda su sostenibilidad pese a saber que este es uno de sus principales problemas,

La escritora y periodista francesa Josette Alia escribió hace unos años en el Nouvelle Observateur, a propósito de la sanidad, lo siguiente: «Queremos que se nos cure. Queremos una medicina eficaz, igualitaria y justa, escoger a nuestro médico, quererle y que nos quiera. Queremos ser más viejos y morir con buena salud. Es tanto como exigir la cuadratura del círculo. Desde que la salud se ha convertido en un derecho, la enfermedad en injusticia y la muerte en escándalo... se han experimentado múltiples maneras de conseguir el imposible maridaje entre la gratuidad de los cuidados, el control de los gastos y los fulminantes progresos de la terapéutica. Hoy, mientras todos los sistemas se ahogan y muestran sus límites, aumenta la demanda médica. O se responde a ella y el país se arruina o se limita el consumo... La elección no es médica o técnica sino política. Una política en que los errores se pagan con vidas humanas».

Para cualquiera que sepa algo de medicina y de economía resulta difícil no estar de acuerdo con estas palabras.

La contención del gasto supone que los políticos, además de gestionar bien, para lo cual tendrían, entre otras cosas, que renunciar a utilizar los centros de salud y los hospitales para premiar a sus fieles con puestos directivos al margen de su competencia e idoneidad, tienen en su mano dos recursos: el copago y las listas de espera.

Temiendo la reacción del adversario todos se tientan la ropa antes de proponer un copago más allá del ya establecido en los medicamentos, sabedores de la demagogia que se generaría en su contra por razonables que fuesen las medidas y por ello se limitan a utilizar las listas de espera (la cara oculta) que por su opacidad y fácil falseamiento no les supone un desprestigio automático como en el caso del copago.

En efecto, las listas de espera se ocultan y se manipulan y si alguien las denuncia se intenta atacar al mensajero en vez de atender al mensaje. En caso de necesidad se acude al mantra de los trasplantes e incluso a las células madre para contrarrestar alguna mala noticia.

Pero ello no evita que las listas de espera generen inequidad y, como advertía la citada escritora francesa, muertes.

Inequidad porque más de seis millones de españoles con cuyos impuestos se financia en parte la sanidad pública han renunciado a ella y pagan otra atención médica bien de su bolsillo o como en el caso de trabajadores de algunos ayuntamientos, diputaciones, etc., con los impuestos que deberían destinarse a otros fines, lo que supone en cierto modo para muchos, entre los que me encuentro, una triple imposición.

Y también muertes y discapacidad.

Hace más de diez años, ante la evidencia de que en la lista de espera creciente, pese a mis insistentes demandas de más quirófanos, del servicio que entonces dirigía, estaban falleciendo enfermos perfectamente curables, hice una denuncia pública. La Administración tuvo a bien ocupar inútilmente a tres inspectores durante casi un año para que trataran de encontrar en mi actividad profesional privada algo de lo que acusarme para descalificarme.

Nada hizo en cambio por arreglar el problema denunciado.

Estas dos herramientas, el copago y las listas de espera, son de alguna forma vasos comunicantes, y por eso necesitamos políticos competentes y desnudos de demagogia que bien asesorados las utilicen adecuadamente para hacer sostenible un sistema del que todos debemos sentirnos orgullosos y que en gran parte funciona por la dedicación de unos profesionales inexplicablemente mucho peor pagados que en cualquier país de nuestro entorno.

Hace unos días fue noticia que una familia había demandado al SAS por la muerte de uno de sus miembros en espera de una operación de bypass coronario en Carlos Haya, mi antiguo y querido hospital.

Recordando mi denuncia de hace diez años no me resisto a parafrasear a Unamuno y a fray Luis de Leon modificando su conocido «como decíamos ayer» por «como denunciábamos ayer».