Diario Sur

Rajoy y el sentido común

Mi abuela lo decía con la misma elegancia que si estuviera citando a Plutarco: «A nadie le hieden sus pedos ni sus hijos les parecen feos». En Sociología del Conocimiento, de quinto curso, Luis Martín Santos, el filósofo, nos lo explicaba de otra manera: nuestra ideología nos resulta transparente, no la vemos.

Lo que en un momento dado es una idea que compite con otras, que hasta podemos calificar como una ocurrencia, algo que es, en todo caso, la creación de una o varias personas, en el momento en que vence, se naturaliza, deja de parecernos una invención humana y se nos aparece como un producto de la naturaleza. Cuando una ideología triunfa y se extiende, se convierte en sentido común. Común porque la compartimos todos, y común porque no es de nadie.

Hubo un tiempo en el que se reunían jóvenes matrimonios progresistas a comer, y mientras los varones hablaban durante la sobremesa de la importancia de conquistar la igualdad de derechos de las mujeres, sus mujeres retiraban los cubiertos y fregaban los platos en la cocina. Que ese comportamiento esté dejando de parecer de sentido común no ha sido fácil ni gratuito, sino el fruto de una dura pelea por establecer otra normalidad. Una pelea que ha costado sufrimientos, broncas, malas caras, divorcios. Nadie le ha regalado nada a las mujeres, pero su combate y su victoria han hecho que ahora a una gran mayoría nos parezca antinatural lo que antes parecía natural. El sentido común varía mucho de un tiempo a otro, y de un lugar a otro.

Si hay un campeón del sentido común en España ese es Mariano Rajoy. El señor Rajoy es el plusmarquista de lo normal, de lo que siempre se ha hecho así, de las cosas que son como Dios manda. El problema es que el sentido común de Rajoy caducó hace mucho tiempo, allá por el siglo XIX, y se ha vuelto tóxico. Al señor Rajoy no le huele mal nada de lo que hace, por mucho que el hedor sea insoportable para una mayoría de la sociedad española. No es cinismo, como algunos sostienen, es algo peor y más peligroso, es inconsciencia. Por eso resulta imposible pactar con él y salir indemne.

Estoy convencido de que mientras Rajoy pactaba con Ciudadanos la regeneración de la vida pública española no pensaba ni por asomo que darle al señor Soria un puesto en el Banco Mundial fuese una deslealtad a sus nuevos socios. Ni siquiera pensó en lo que estaba diciendo cuando le preguntaron por qué el Gobierno enviaba a Washington al señor Soria y contestó: «¿Qué vamos a hacer, echarle de España?». Si no lo podemos echar de España, pensaba Rajoy, lo normal, lo de sentido común es que lo enviemos a Washington de director ejecutivo del Banco Mundial.

Cuando Rajoy ha escuchado las críticas de sus compañeros Alonso, Cifuentes y Feijóo, al nombramiento de Soria, ha debido pensar que han perdido el sentido común, y que, como el país entero, se han vuelto locos. Ese es el problema, que no podemos permitirnos tener un presidente del Gobierno que considera que mandarles mensajes de ánimo a los delincuentes es de sentido común.