Diario Sur

hablar y vivir

El bloqueo

Algunos colegas me manifiestan su asombro ante la situación política de España. Tantos meses sin gobierno, dos candidatos a la investidura que han fracasado en el intento. Desde el punto de vista del lenguaje existe un vacío de significado que debe llenarse con argumentos que justifiquen una situación que ha llevado a los electores al hartazgo. No se trata de buscar culpables, se trata de analizar como hago siempre.

Todos los días los políticos de los diferentes partidos tienen que hablar ante los medios y todos los días los asesores tienen que estrujarse las meninges para intentar decir algo nuevo. El problema es que el lenguaje ofrece pocas salidas ante la realidad del momento.

Los líderes juegan a lanzarse acusaciones mutuas con mayor o menor intensidad. Por suerte aparece una palabra, en este caso, bloqueo que es la acción y efecto de bloquear. El verbo tiene seis acepciones y tres se mueven en el territorio del sinónimo: interceptar, obstruir, cerrar el paso, impedir el normal funcionamiento de un proceso.

Cuando se analizan las declaraciones todos se bloquean aunque con diferentes causas. Una palabra que regalo es blocao, de origen alemán. Se trata de una pequeña fortificación que se puede transportar. Junto al bloqueo los diferentes partidos mueven sus blocaos sin mucha efectividad, todo sea dicho.

Vuelvo a bloqueo. Es una palabra que tiene un uso abundante en el lenguaje del mar. El bloqueo del continente por la flota británica en las contiendas napoleónicas. El bloqueo alemán a Gran Bretaña. Encuentro una estructura ‘bloqueo efectivo’ que me parece interesante. Se trata de bloqueo realizado por fuerzas marítimas que consigue cortar las comunicaciones.

Ya salió la palabra, comunicaciones, de eso se trata. Se han roto todas las comunicaciones entre los partidos y sus líderes. El enfrentamiento es absoluto. Como en una escena de cine mudo, todos, muy serios, se echan la culpa: Tú, no tú y así pasan los días y quizás se lleguen a las terceras elecciones envueltas en turrón y espumillón. A la hora de hacer el ridículo no hay medida, no nos paramos en barras.

El lenguaje político ha entrado en parálisis. No es que los argumentos no se crean, es algo peor, es que cansan y aburren. Hay que tener cierto respeto a la paciencia. Esta situación puede llevar a que la abstención aumente de manera significativa.

En estos casos no estaría de más recurrir al extrañamiento; es decir, dar un salto y recurrir a frases que pueden chocar pero que, al menos, pueden divertir. El presidente en funciones afirmó, tiene tendencia a la duplicación de la oración afirmativa o de la negativa: «La cerámica de Talavera no es cosa menor, dicho de otra manera, es cosa mayor». Otro ejemplo de insistencia afirmativa que quiere destacar lo evidentes: «Un vaso es un vaso y un plato es un plato». Frente a los que le acusan de falta de decisión afirma contundente que no tomarla es una decisión.

El lenguaje y la acción no verbal de Iglesias remiten a discursos de Castro y del Che. Vean algunos vídeos de ambos. El poder o los que aspiran a él suelen intentar el cambio del lenguaje en función de sus intereses. El lenguaje, lo repito siempre, crea la realidad; solo dos ejemplos: no había crisis, solo desaceleración. Anda que crecimiento negativo tiene su aquel. Tenemos buenos ejemplos de Zapatero que seguramente no ha leído a Cernuda pero confundía realidad y deseo.

Iglesias recurre al léxico comunista de toda la vida. Cierta épica, invocación permanente al pueblo, exaltación que pretende ser heroica, puño en alto. Un buen ejemplo es la frase: «No es la burguesía, se dice casta». Otra: «Te propongo un nuevo concepto de independencia». Una más: «España tiene un grandísimo problema de ideología casposa».

El uso del lenguaje de Rivera se articula sobre la ortodoxia de un partido bisagra aunque también lance sus puyas y sus dardos pero no es significativo. Los ejes de su discurso son dos: diálogo a todas las bandas y, en consecuencia capacidad de pacto salvo con Podemos y los independentistas; por otra parte, la regeneración, la honestidad.

Tanto Iglesias como Rivera se aferran a que son los nuevos e incontaminados, palabras clave de su discurso y que cada vez están más gastadas en la percepción del hablante.

Con independencia de insistir en este tema, Sánchez. No es muy eficaz. No es bueno hacer seguidismo como en: «Si Podemos dice que será exigente, nosotros también vamos a exigir». Tampoco faltan las redundancias: «El paro hace vulnerable a España en sí misma». Muchas veces este fenómeno es consecuencia de la rapidez del discurso y de esa necesidad de hablar sin parar, que por cierto no es obligatoria.

En fin, busquemos tréboles en las montañas.