Diario Sur

A fregar

Yo no sé ustedes, pero yo necesito héroes. Gente en la que fijarme que me ayude a ser mejor persona, a imitar lo que hacen. No hablo de Abraham Lincoln, Oscar Wilde, Gandhi o Cristiano Ronaldo -dudo cuál de los cuatro ha realizado mayores aportaciones a la sociedad, a tenor de algunas portadas de diarios-. No, no hablo de los héroes que acaban broncizados y marmolizados, convertidos en retretes de palomas y alimento de algún escultor de dudosa categoría. Hablo de gente de un corte distinto. Hablo de Alí, el camarero del bar de abajo, que el otro día ahuyentó a un par de camellos que estaban intentando pasar costo en la esquina. Hablo de mi padre, que a pesar de tener dos trabajos, nunca dejaba de contarme un cuento cada noche. Hablo del taxista que hizo veinte kilómetros para devolverme una cartera que me había dejado olvidada, sin aceptar nada a cambio.

No sé si será un efecto de la sociedad de consumo, que me incita a devorar héroes como otros comen pipas, o efecto de que el mundo me parece progresivamente un lugar más oscuro, por más luz que intente uno arrojar sobre lo que le rodea, pero cada día necesito más héroes. A veces me sorprendo caminando por la calle y buscándolos por los portales, o en los titulares. Los necesito con una frecuencia cada vez mayor, alarmante. Por eso cuando me encuentro con una heroína del calibre de Marta Galego, árbitra de fútbol, me relajo y puedo calmar esa ansiedad. Porque Marta, mientras arbitraba el encuentro entre el Cambrils y la UE Valls, fue insultada. Nada extraño para un árbitro, que tienen que tener la piel de acero galvanizado, y mucho más en categorías inferiores. Solo que el insulto no iba exclusivamente a ella, sino a todas. Porque a Marta Galego la mandaron «a fregar platos». En cualquier baraja que se ponga encima de la mesa, en cualquier ámbito de la sociedad, la mujer suele sacar la peor carta. Pero mucho más en el deporte, donde los espectadores masculinos de más de veinte años consideran, por defecto, que una mujer es peor árbitro. No es una generalización. Es, simplemente, así, y me da igual que usted piense ahora mismo que usted es la excepción. Por eso me quito el sombrero ante Marta Galego, que detuvo el partido y corrió hacia la grada para exigir que el que había proferido el insulto abandonase inmediatamente el campo. Y también ante el club, que ejecutó la petición inmediatamente. Y ante el público, que aplaudió la expulsión. Marta fue valiente, y de paso un árbitro excelente, pues la normativa de la FCF exige «cero insultos en la grada». Por si había dudas de su competencia.