Diario Sur

Brindis

Brindis
/ Sr. García .
  • El protocolo de la bebida lo he visto en mi casa desde niño. El hábito del brindis era un contacto con la felicidad

No soy borracho, aunque bebo todos los días. No sé si mucho o poco, supongo que depende con quién me compare y a quién se lo pregunte. Un médico diría que rondo el alcoholismo y los colegas me aconsejarían que no le hiciera caso. Ahora mismo acabo de tomar el primer trago de cerveza, un placer fresco y cotidiano. Mi lista de bebidas es corta: cava, vino y cerveza. Respecto a las bebidas superiores a quince grados sólo consumo whisky de vez en cuando. Las demás: tequila, vodka, ron, ginebra o mezcal, se han ido quedando en el camino incluso a costa de mi voluntad. Pero sería incapaz de volver a México y no beber un tequila Centenario en aquella cantina de Cuernavaca. El camarero me preguntó si era escritor, ignoro por qué hizo la pregunta. Yo no llevaba encima ningún libro, ni cuaderno de notas, ni nada que me relacionara con la literatura. Me dijo que el novelista Malcolm Lowry consideraba la embriaguez como una protesta contra el sinsentido. Sigamos con la ruta etílica. Tampoco me niego a tomar un orujo. Lo único que no soporto son las bebidas dulces y empalagosas. Un cava semi tritura el estómago, el brut nature es un regalo divino. Jesucristo bebía. El alcohol suplanta a la sangre. Además, inspira. Cuando me quedo vacío, sin ideas, brindo por la imaginación y sorbo ese delicioso primer trago. La mente se despeja inmediatamente, como si en el interior del cerebro se ocultara una musa bebedora.

Los hábitos se heredan. El protocolo de la bebida lo he visto en mi casa desde niño. Iba a decir que lo había mamado, pero no tengo memoria del primer año de vida. Mis padres bebían, aunque nunca los vi borrachos. Muchas veces estaban alegres. Mi abuela materna era riojana y mi madre pasó la adolescencia en Haro. Nació en la capital del cava pero después la familia se trasladó vivir a la cuna del Rioja. Una mezcla embriagante que sin duda marcó los genes. La familia paterna era asidua al champán, entonces llamaban así al cava. El hábito del brindis era un contacto con la felicidad. Desde hace algún tiempo, me planteo controlar la bebida. Pero al caer la tarde no puedo resistirme. Quizá haya quien piense que estoy alcoholizado y por este motivo no consigo dejarlo. No sé, también se trata de una cuestión de fidelidad. Relaciono el alcohol con los buenos momentos y no recuerdo haber acompañado jamás con agua ningún manjar. Hay pocos placeres en la vida que estimulen a seguir consumiéndolos sin pedir nada a cambio. Hasta la fecha, el hígado me respeta en silencio. Hubo un conato de rebelión cuando tenía doce años y padecí hepatitis. Desde entonces, quizá sobrevive con la boca cerrada para no morir ahogado.