Diario Sur

Fusión imposible

Hace un tiempo, que no se antoja poco, se proclamaban las virtudes del diálogo como herramienta democrática imprescindible. Hablar, intercambiar, contrastar, pactar, conciliar... Verbos todos ellos encaminados a conjugar posturas incompatibles en sus líneas de salida pero que permitían vislumbrar que del combate de la palabra bien podía salir el acuerdo. Así se proclamaba por los llamados partidos de nuevo cuño, llamados a terminar de una vez por todas con ese mal conocido como bipartidismo. Meses después y tras dos sorprendentes citas electorales ha habido de todo menos diálogo. De pactos, acuerdos y conciliaciones, mejor no hablar.

Visto esto y a tenor de los resultados de ambos procesos electorales, da la sensación de que los únicos que creyeron que eso de hablar y llegar a acuerdos era saludable fueron los electores. El pueblo soberano se lo tomó en serio y les lanzó a los partidos un mandato claro e indiscutible: dialogar y pactar. Es decir, dialogar y pactar. Sin embargo, y pese a que los españoles se han reafirmado por dos veces en lo mismo, el resultado es tan descorazonador que, a estas horas, es del todo dudoso que aquellos que pregonaban por el acuerdo dijeran la verdad. Todo lo contrario. Sólo hay líneas rojas, enrocamientos, negativas y hasta desavenencias personales que han venido a enturbiar una vida política, la española, ya de por sí bastante descorazonadora.

Que nada hay nuevo bajo el sol abrasador de España es una verdad que ya resulta más que indiscutible. Ni los que estaban, ni los que llegaron como fuerzas de la renovación han mostrado el más mínimo cambio de actitud para poder permitir dinámicas diferentes a las vigentes hasta ahora. Aunque, si hay que ser pelín sinceros, el único que ha mostrado cierta tendencia al diálogo, al acercamiento, a la renuncia a posturas iniciales y a corregirse, ha sido Albert Rivera. Hay que reconocer que esfuerzos ha hecho. Lo ha intentado, aun sin salir en exceso de sus límites ideológicos, todo hay que decirlo. En cuanto al resto. Más de lo mismo con el riesgo de cansar a la concurrencia que ya empieza a plantearse si votar merece la pena.

Ha quedado demostrado, una vez más, que en la política española de principios del siglo XXI, la fusión es imposible; que no hay partidos renovados de verdad, pues sólo han cambiado fachadas y peinados. Por desgracia, de la conclusión inmediata se deriva otra de mucho más calado y con un potencial de incertidumbre verdaderamente preocupante. Si los políticos no interpretan correctamente el mandato del pueblo soberano en las urnas, ¿por qué y para qué se presentan una y otra vez como representantes de un colectivo al que no escuchan? ¿De verdad saben ellos de qué va esto de la democracia?