Diario Sur

Ataraxia

Está de moda llamar a la tranquilidad. El primer mensaje que emiten las autoridades en situaciones de alarma e incertidumbre es «tranquilos», como si la urgencia máxima afectara al ánimo y no al bolsillo, a los derechos o a la vida. ¿Que no hay manera de formar Gobierno? Tranquilos. ¿Que el curso empieza sin que los estudiantes de cuarto de Secundaria y segundo de Bachillerato sepan qué clase de exámenes les aguardarán a final de curso? Tranquilos. ¿Que el fondo de pensiones sufre otro mordisco? Tranquilos. Se trata por encima de todo de evitar que cunda el pánico, pero no ofreciendo pruebas de que está injustificado, sino mediante la mera formulación de llamadas a la calma. En vez de dar motivos para la tranquilidad, invocarla directamente para ahorrarse explicaciones. Lo curioso es que parece funcionar, a juzgar por la insistencia con que la exhortación aflora en boca de los responsables de cualquier cosa en cualquier escala. Serán efectos de la corriente de 'mindfulness' y bienestar vital que nos anega, fruto de la cual la tranquilidad no solo se ha convertido en objetivo psicológico en sí misma, sino que ha acabado desligándose de las circunstancias que la provocan o la impiden. O se tiene o no se tiene.

A estas alturas resulta atrevido suponer que el ciudadano medio confía en sus gobernantes tanto como para dejarlo todo en sus manos sin mostrar ninguna inquietud; es más probable la hipótesis de la cachaza, esa vena entre insensata y pasota que caracteriza nuestro despreocupado paso por el mundo sin atender a responsabilidades. O tal vez sea que, frente a tanta invitación al sobresalto como se sucede en esta cultura contemporánea del miedo, las llamadas a la tranquilidad ejercen un contrapunto equilibrador que nos permite tomarnos algún respiro entre soponcio y soponcio. La política emocional tiene futuro, no cabe duda. Los mismos que hoy nos erizan el vello mañana nos piden tranquilidad no porque haya pasado el peligro, sino porque así es el juego de la montaña rusa donde viajamos un tanto zarandeados. Si las industrias del entretenimiento han demostrado que gestionar los estados anímicos de la gente empieza a ser más rentable que solucionar sus problemas, lo que interesa vender son emociones positivas exentas de referente, un poco a la manera del teresiano «nada te turbe».

Ya lo anunciaban Celtas Cortos cuando allá por los noventa repetían su «tranquilo, majete, en tu sillón» que venía a traducir el más coloquial pero tan popular «pasa de todo». Tranquilos, pues. No pasa nada, pero si pasara tampoco importa porque lo primordial es alcanzar la ataraxia. Así se explica que hoy cualquier entrevistado en una situación personal difícil se apresure a declararse tranquilo con independencia de si ha salido de su enfermedad, ha superado su crisis o ha puesto remedio a su quiebra. Todos tranquilos, es la consigna de nuestra ansiolítica época.