Diario Sur

la tribuna

El aguafiestas

¿Qué es España?, se preguntaron una y otra vez Costa, Unamuno, Ortega, Américo Castro, Sánchez de Albornoz. Una nación festiva, esa es mi conclusión. Un país de fiesta y de fiestas. Nacionales, autonómicas, locales, regionales, municipales o de barrio, privadas o públicas, muy antiguas y muy nuevas, tradicionales y no tanto, de invierno, de otoño, de primavera y de verano, sobre todo de verano. Religiosas y laicas. Y así podríamos seguir con esta taxonomía nacional festera que nos une a todos, rojos y azules, gordos y flacos, nacionalistas de aquí y de allí, feos y guapos, hombres y mujeres, ateos y creyentes. Las fiestas como cemento identitario más allá de la política y del destino manifiesto. Un país festivo hasta la extenuación pues para la fiesta el único límite es el del agotamiento. El mundo se puede parar pero la fiesta, la gran fiesta nacional continua, como si fuera posible vivir eternamente fuera de sí. Da igual el motivo. La fiesta, el jolgorio,  la gente en la calle, el ruido, las pasiones del alma  desatadas, las risas, más risas, el alcohol, las drogas, la música, el desenfreno, el ruido, más ruido. La fiesta sin más, único fin en si mismo, el único lugar común donde se sientan en la misma mesa la izquierda y la derecha, los pobres y los ricos, las fulanas y los fulanos. Y sobre todo el ruido, el ruido y la furia de los vándalos, cada vez más presentes.

Da igual que se tire una cabra por el campanario, que se corran hasta la extenuación unos toros, que se bañen en tomate, que se lleve a la imagen sagrada para arriba y para abajo, que se beba y se baile sin freno hasta que el cuerpo aguante. Que se tomen las ciudades durante los días de fiesta, porque la fiesta es de todos dicen, porque la fiesta es sagrada dicen, porque la fiesta pertenece al pueblo, dicen, porque la fiesta es la tradición dicen, porque quienes levantan la ceja con la fiesta, son unos aguafiestas, dicen. Que los que miran con desdén nuestras fiestas, se vayan, dicen, que no nos calienten la cabeza con sus rollos sobre la barbarie y el silencio, que no nos amarguen la vida, pues la fiesta es la vida, que no nos pongan chinas en el zapato que ya tenemos bastante con la china que nos ha tocado. La calle es nuestra, deberían saberlo los aguafiestas. Desde siempre y porque sí. Por tradición, por la santa y bendita tradición, la tradición que sea, que más da si en estos días de fiesta la calle es nuestra, el mundo es nuestro, el país es nuestro. Que todos los días son ya nuestros porque todos los días son fiesta. Que hay penas, fiesta, que estoy alegre, fiesta, que soy pobre, fiesta, que soy rico, fiesta. Fiesta oficial la declaran los egregios políticos, los patricios del pueblo, los tribunos de la plebe. Que hay que disfrazarse, pues te disfrazas, que hay que beber pues se bebe, que hay que gritar, pues se grita, que hay decir tonterías y ordinarieces, pues se dicen. No hay mayor placer que sentirse rodeado de millones de personas que beben, gritan, y festejan juntos. Ni frío ni calor. Ni siento ni padezco, solo disfruto, libero mis energías más elementales, me río, me abrazo con este y con aquel,  con esta y con aquella. Ni me exijo ni me exigen nada salvo que guarde la tradición de la fiesta. La que sea. Perder la compostura manteniendo las posturas. He aquí el secreto de la fiesta.

Así es mi país, mi nación o mi reino. Un reino de este mundo, absolutamente. Si ningún género de duda. Un reino en el que los aguafiestas lo tienen crudo. A beber y a cantar, a vivir y a folgar. Un país que, mientras tanto y desde siempre, ha exilado a todos los aguafiestas que en España han sido, y que han sido muchos más de los que este país festero se merece. Y aquí estamos de resaca, con una monumental y maravillosa resaca, sí, ¡y qué¡ A  quién le importa, si esto es cuestión de un par de días y un alkaseltzer pues hay que reponerse para poder comenzar de nuevo con la garganta rota, con el bolsillo vacío, con la moral por los suelos, con el humor agriado, con la esperanza bajo mínimos, ¡sí, ya lo sé¡ ¡y qué¡, a quién le importa pues lo único que importa es que la fiesta continúe, pues sin fiesta no hay vida, ni cultura, pues  no hay más cultura que  esa cultura que llaman con desprecio, popular y que es festiva o no es popular ni es cultura.

Así que si usted es un aguafiestas, no me venga con monsergas, no me pida que me calle, que baje el volumen de mi voz, que silencie el ruido de los coches locos, porque mi voz, mi ruido, mi locura es la locura del pueblo, del único pueblo posible, aquel que solo tiene voz cuando grita, canta, baila, se emborracha y llora de alegría festiva. No me pida que me calle y váyase, como hicieron sus maestros, como han hecho antes todos los aguafiestas y déjenos aquí con nuestros bailes, con nuestra alegría, con  nuestro ruido, con nuestra furia, con nuestras fiestas y váyase antes de que cambie de opinión y en un momento de embriaguez, como si todos fuéramos una misma persona, una misma alma, un mismo país, pasemos por encima de su palabra, de sus derechos y si hace falta por encima del futuro y de la gloria, pues no hay más futuro que este que se encierra en estas palmas ni más gloria que la que alcanza el placer de la farándula