Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Mandar a galeras

Mandar a galeras significa, literalmente, hacer cumplir la condena que dictaba Roma a los acusados por sedición, esto es, pudrirse en los bajeles de una galera, de pestilente aroma, donde los remeros morían al ritmo de los tambores del cómitre. En cambio, figuradamente, mandar a galeras significa facturar a uno al ostracismo, irle cercando, poco a poco, sin que apenas se note, hasta acabar con él con esa mala leche sutil y cobarde de salón de té. No en vano Wilde, que según Borges siempre tenía la razón, afirmó que no soportaba que nadie hablara de él, aunque fuera mal. En esto el irlandés más inglés siguió el camino -'Camino Soria', excelente canción de Gabinete Caligari- de nuestro refranero que sentencia «que hablen de ti, aunque sea mal», práctica de buen gusto, higiénica y purificadora.

Ayer una amiga me arrastró a ver la última versión de 'Ben-Hur'. La verdad es que no me ha parecido tan patética como la describen los críticos especializados que, por cierto, prefiero que aborden la calidad, el guión, la interpretación y el tino cinematográfico, a que se metan en berenjenales respecto a la Historia que se narra, la Historia con mayúsculas, me refiero. Es que he leído de un crítico que el cristianismo se extendió con fuerza en el siglo I después de Cristo «algo que este filme pasa de puntillas». Ante este desliz he llegado a una conclusión: rizar el rizo en la estulticia parece una característica de esta época de hojalata que estamos padeciendo. Por eso, pluma, lápiz y veneno, porque ni el cristianismo se extendía con especial significación en el siglo I, ni la novela original del general Lewis, ni las magistrales versiones de Ramón Novarro dirigido por Fred Niblo en 1925, y de Charlton Heston en la canónica de William Wyler en el 59, pretenden nada de eso, sino que se trata del espeluznante relato de una venganza. Otro asunto, y bien distinto, es la carga socio-política que arrastra Ben-Hur. Entiendo que en cualquiera de las versiones realizadas hasta hoy siempre se ha simulado una negociación entre dos religiones -cristianismo y judaísmo- que a lo largo de los siglos se han detestado tanto, quizá porque una es origen de otra, que han conseguido, al margen de la fe de sus seguidores, hacerse verdaderamente detestables, no por sus mensajes sino por su afán de preeminencia. Y es que aplastar es más fácil cuando se ha sido aplastado.

Me parece un camino equivocado pretender rigurosidad en un divertimento, mejor o peor logrado pero por otras circunstancias no del todo ajenas al devenir histórico, pero sí a su aprehensión intelectual. Pienso que si queremos cotejar, en definitiva saber, ahí están las fuentes clásicas -Cicerón, Séneca, Suetonio, Plutarco, Plinio el Joven, Flavio Josefo, Dión Casio, y largo etcétera-, y los historiadores modernos, desde Gibbon a Mary Beard, de Mommsen a Kovaliov, entre otros tantos. O incluso el corrosivo Gore Vidal, fallida celestina entre Charlton Heston y Stephen Boyd. No seamos presuntuosos, dejemos al péplum lo que es del péplum y a dios lo que es de dios.