Diario Sur

El auge de la extrema derecha

Mientras la atención de la opinión pública europea se centra en la expansión de los populismos radicales y demagógicos, que podrían acabar llevándonos a situaciones revolucionarias, nos olvidamos preocupantemente del auge de la extrema derecha que encamina nuestro futuro hacia políticas racistas y totalitarias. Lo hemos visto estos días en Alemania donde el partido de Angela Merkel, la CDU, conservador a machamartillo de toda la vida, ha sido superado por vez primera en unas elecciones regionales por la AfD (Alternativa para Alemania), una organización de nuevo cuño que sin llegar a las teorías y prácticas de los grupos neonazis, rechaza a los emigrantes y a los refugiados y propugna lo mismo el abandono del euro que de la Unión Europea.

El crecimiento espectacular de la AfD, que ya está representada en una docena de landers, no es un caso especial ni único en la Unión Europa. Antes al contrario, refleja una situación generalizada. La extrema derecha acaba de sacar al Reino Unido de la UE, ya gobierna en Hungría y Polonia y es bastante posible que este otoño, en una repetición de las elecciones, gane la presidencia de Austria. Por no hablar de Francia, donde Marine Le Pen competirá dentro de unos meses de tú a tú con Hollande y Sarkozy por la Presidencia de la República. El preocupante panorama, que incluye otros muchos ejemplos, trasciende el Atlántico Donald Trump aspira, por voluntad de muchos norteamericanos, a encabezar la primera potencia mundial.

Son muchas las circunstancias que han coincidido en estos últimos tiempos a que el descontento de la gente haya evolucionado a un respaldo hasta hace poco inimaginable, a los partidos que propugnan soluciones drásticas, siempre restrictivas de las libertades, xenófobas, opuestas a la tolerancia y en muchos casos partidarias de que desde el poder se extreme la dureza. La crisis económica que se está viviendo, no hay duda que ha provocado la disconformidad, pero también contribuye al auge del extremismo conservador el miedo que despierta el terrorismo yihadista, algo que la creencia popular considera que un régimen autoritario puede evitar, o la competencia de los emigrantes y refugiados en el mercado laboral, por no hablar de su rechazo racial.

Han quedado atrás los tiempos en que los movimientos e iniciativas antidemocráticas y represivas eran patrimonio exclusivo de las clases altas, alarmadas por el temor a perder sus privilegios. Ahora, en cambio, los nuevos partidos de extrema derecha se nutren cada vez más del apoyo de personas de las clases más desfavorecidas. La pérdida de influencia de los sindicatos, la imagen de desigualdad que se ha venido acentuando, y la ineficacia ante los problemas que viene demostrando la burocracia de Bruselas, no sólo contribuyen al descontento, también alejan las ilusiones puestas en las ideologías y generan frustración en torno a las fórmulas democráticas que rigen la buena convivencia.