Diario Sur

CALLE ANCHA

Pablo o la sonrisa ante la adversidad

EL verano de Marbella ha transcurrido con las luces, luminarias de lo que parece ser una remontada de la crisis, de acontecimientos festivos, con las decenas de galas benéficas, unas muy populares para la gente del pueblo y otras a precios imposibles, posiblemente cuestionables en algunos de sus planteamientos; con ocupaciones hoteleras calificadas como históricas y con buenas cifras de creación de puestos de trabajo, siempre con la sombra de la duda sobre la calidad de esas ocupaciones. La saturación de tráfico, el protagonismo para el sector del taxi, en primer lugar por la tarea titánica de poder encontrar alguno libre en las noches de verano y por otra parte porque uno de estos trabajadores del transporte de personas fue objeto de una agresión por parte de unos turistas británicos, seguramente de escasa capacidad intelectual, y que avergüenzan a sus compatriotas que viven entre nosotros. Pero entre las luces y las sombras se convirtió en mediático, en noticia de primera página, un hecho que estaba destinado al anonimato, al ámbito de lo privado, de los familiar, como cientos de hombres y mujeres que padecen alguna enfermedad grave, gracias a Internet y a la entereza de su protagonista. Pablo Ráez, trasplantado de médula ósea, siendo su padre el donante, con apenas veinte años, recae de su enfermedad y tiene que enfrentarse de nuevo a un proceso lento y doloroso. Lejos de derrumbarse, de manera ejemplar, este deportista, de apariencia jovial y saludable, decide luchar, enfrentarse a la adversidad sin perder la sonrisa y compartir con los internautas su situación. El testimonio de este marbellí, empezando a vivir, ha levantado un movimiento de solidaridad entre miles de ciudadanos que han encontrado la profundidad de la existencia, la línea nada sutil entre la salud y la enfermedad, entre la vida y la muerte, mediante unas palabras escritas por Pablo en una carta comunicando su situación. La cifra de donantes de médula para intentar encontrar una compatible para curar la leucemia que padece Pablo, se ha disparado. La donación en Nueva Andalucía resultó emotiva. La solidaridad triunfa. El seguimiento de los medios de comunicación está resultando, de momento, ejemplar, huyendo del morbo o del sensacionalismo. De paso, la ciudadanía repara en algo que en los tiempos actuales no se quiere ni oír hablar: la enfermedad existe, el dolor y el sufrimiento y en una suerte de nefasta democracia no se detiene ante la juventud o la infancia, ante quienes están comenzando a vivir. La sonrisa de Pablo, sus reflexiones con sencillez formal y profundidad sentimental, son un atisbo de esperanza para afrontar los grandes problemas que la vida nos depara y que se nos escapan al control y todo lo que no controlamos nos produce mortal inquietud. Escribo con antelación y no sé, en el momento de publicación, en que estadio estará la salud de Pablo: ojalá que haya aparecido un donante compatible y que su deterioro físico del fin de semana haya evolucionado hacia mejor. El caso de Pablo, su llamamiento y su ejemplo, el apoyo masivo de la ciudadanía, ayuda a concienciar de la necesidad de ser donantes y no solo de sangre. Desgraciadamente no somos pocos los ciudadanos que llevamos clavada la espina de no poder contribuir a esa generación de vida, sencillamente porque determinadas patologías que nos acompañan, manteniendo la clásica "mala salud de hierro", lo impiden. En el caso de la médula ósea también la edad (los 55 años) es una barrera infranqueable. La cultura de la donación debería ser inculcada desde la familia y también desde la escuela, donde debemos educar para la vida y donar es vida. El esfuerzo de Pablo se hace patente en los testimonios de apoyo de cientos de ciudadanos, desde la cercanía de seres humanos o desde la fe religiosa, expresada por lectores de este periódico, aunque para muchos resulta lacerante el silencio de Dios. Nos queda la sonrisa de Pablo.