Diario Sur

Toros, festejos y muerte

Mañana hará una semana que Julen Madina, un legendario corredor de los encierros de Pamplona, entregó la cuchara sin haber podido recuperarse de la cornada de una ola traidora en la playa de la Zurriola. No cumplirá sesenta y dos ni volverá a sentir cerca los pitones en las mañanas de la Estafeta. Madina fue uno de los corredores admirados en la cuesta de Santo Domingo pero se acabó convirtiendo en un personaje fuera del restringido círculo de San Fermín porque sucumbió a la tentación y se dejó querer por el 'show business' de los realitys. Su desaparición me ha impresionado por el modo cruel en que se cebó con él la ruleta de la muerte. Alguien que se había jugado la vida durante más de veinte años acelerando delante del silbido de los derrotes a centímetros de la nuca se fue a morir en la playa zarandeado contra la arena por una ola del Cantábrico. La anual ceremonia pagana y festiva del encierro ha enganchado a unos miles de yonkis del miedo que todos los años peregrinan a la vieja Iruña para meterse unos chutes. Madina, como otros, buscaba en esos tres o cuatro minutos de carrera asomarse al infierno, mirarle la cara al Uro mitológico de sus antepasados y vivir para contarlo. Yo estaba leyendo esos días '7 de julio' de Chapu Apaolaza con los pelos de punta ante esa narración portentosa sobre el micromundo de los corredores; del olor del miedo que empapa las zapatillas y deja la boca pastosa antes del cohete de las ocho en punto. Leyendo esa especie de testamento vital de un corredor que no sabe hasta cuándo resistirá su amor al encierro por encima de la ansiedad y el desasosiego que infunde correr un año más esa carrera a vida o muerte, había que recordar a su padre, el gran Paco Apaolaza. Inolvidable crítico y apasionado del rito, el arte y la pasión taurina. Pero al igual que su tío Huberto, un purista que amaba la verdad por encima del espectáculo. En su libro de memorias de memoria, Chapu apunta de cerca la verdad de una carrera en el encierro: «A cambio de entregar su cuerpo al toro, el corredor consigue domesticarlo sin ponerle una mano encima». Parece un detalle intrascendente -sin ponerle la mano encima- pero resume la diferencia entre lo auténtico y lo falsificado, entre una carrera respetando al animal y su dignidad con tanto festejo que envilece los veranos. Entre una cornada de un Domecq en plena galopada y la muerte absurda entre los barrotes de tanto simulacro de encierro como se organiza en este país. Nada que ver un Cebada Gago de seiscientos kilos con una becerra recién destetada a la que se le hacen salvajadas para diversión de tanto beodo sin entrañas. Vaquillas a la una de la madrugada aquí, bous a la mar para que el animal caiga al agua, allá, toros ensogados sin ápice de rito, ni riesgo, ni pasión. Solo circo. Y al final del estío un reguero de muertes absurdas como tributo a esas ceremonias sin grandeza ni verdad.