Diario Sur

INTRUSO DEL NORTE

Hotel, dulce hotel

El hotel está siempre presente. Enhiesto y surtidor, como el soneto de Gerardo Diego. En cada habitación, una historia por día; y así desde hace cincuenta años. Primero llegarían las maletas metálicas de Iberia: España abierta al mundo, al mundo de Fraga. Un hotel «de referencia» en una ciudad que en 50 años se hizo «la referencia». La referencia de toda una 'riviera', del Bósforo a Punta Paloma.

Modernidad frente al tipismo del vino dulce, por aquella época en la que la ciudad era un puerto franco con el reclamo de la Costa, todavía tan en pañales. Pero siempre el hotel, siempre, en el centro de nuestras vidas. Punto de encuentro con las primeras novias (Almudena, Claudia, Estefanía, Andrea...) en la esquina con cristalera y con 'botones'. Más los taxistas de al lado, no siempre de buen humor cuando le decíamos que la carrera no iba a Nueva Andalucía, sino al Bobby Logan.

Y el hotel marcando el tiempo. Albergando el sueño del matador y la amante. El hotel dando las campanas sin darlas, igualito que la torre que le falta a la Catedral. El hotel como principio de esa Málaga que ahora abre cuando quiere portadas en el 'New York Times'. Lo que fuimos y lo que seremos.

El hotel cumplió 50 años, y 31 de ellos con el intruso, yo mismo, brujuleando por sus puertas.

Mi historia periodística se ha escrito muchas veces dentro y fuera de esa proa de transatlántico y arquitectura. Por ahí vi llegar por primera vez a Iker Casillas entre las multitudes; recuerdo que alguien le mandó un gargajo que le estalló en el flequillo. Por el mismo hotel, uno montaba guardias cuando la Vuelta a España, corría aún Escartín. En la mismísima puerta conocí a José María García -se lo recordé en un acto en Valladolid- en esos años de plenitud arrolladora de 'Butanito' que relata Ferrer Molina. Por esa misma puerta, después, entraría yo con chaqueta y corbata.

Y luego el ascensor del hotel, con la promesa de la comodidad, del lujo. Con la meta final de una terraza con piscina, que es el sueño secreto por el que hacemos, trabajamos, nos movemos y vivimos. La terraza que se insonoriza por milagro frente al cielo; abajo queda la gente con sus tráfagos, los jovenzuelos con sus monopatines, los pasantes que van de papel en papel y de portal en portal. Una Málaga aún más bella desde las alturas. Algo de jazz suave, un cóctel, conversaciones con Alfredo Taján que presentaba libro. O con Antonio Soler y Pablo Aranda enfocando, en lontananza, la Torre Vasconia, ese rascacielos barrial con blanco y ladrillo visto. La terraza del Málaga Palacio, la terraza...

Pienso en el hotel y pienso en mí.

Pienso en que muchos años antes del 'crucerismo' y de los gastrorest de mi peña, un edificio delante de la Catedral, frente al Parque, nos dio el primer hálito de futuro.