Diario Sur

Una Europa deshilachada

La integración europea se teje a través de pactos inspirados en intereses y valores para hacer avanzar una Unión siempre en proyecto. Asistimos hoy al proceso inverso, por la falta de acuerdo entre sus instituciones y Estados miembros. Sin impulso ni dirección estratégica, corremos el riesgo de perder mucho de lo conseguido en casi setenta años: estabilidad, progreso económico, una Comunidad de Derecho, libre circulación, etcétera. Hemos entrado en una situación crítica, en la que el horizonte de una Europa deshilachada y destejida por diferentes fuerzas centrífugas empieza a ser una posibilidad. A la debilidad económica, la llegada masiva de refugiados, las amenazas a la seguridad y el auge de los populismos y nacionalismos antieuropeos, hay que sumar el huracán desatado por el 'brexit'. Todos los ojos miran a Angela Merkel, la única líder en esta etapa. Muchos piensan que justo hace un año, el pasado 4 de septiembre, puso fin a su preeminencia europea con su anuncio de acogida generosa a los refugiados, de forma unilateral y sin un plan conjunto con sus socios. Hoy la canciller ha replegado velas y es mucho más cauta a la hora de formular el deber moral y jurídico que tenemos hacia los millones de personas que buscan asilo en nuestro continente. Ante el resultado del referéndum británico ha establecido un período de pausa y reflexión, en el fondo confiando hallar una fórmula que permita evitar esta salida de la UE de un miembro tan importante.

En los demás asuntos, no tiene una idea clara de sus objetivos. Sabe sobre todo lo que no quiere. Su primer 'no' es a trabajar con Hollande y Renzi en un triunvirato. La canciller está incómoda con estos socios que despliegan una filosofía económica estatalista y pretenden transformar la Unión Económica y Monetaria que con tanto esfuerzo ha rediseñado Berlín. Su segunda negativa es a liderar solo con Hollande en un tándem franco-alemán, que hace tiempo que no vertebra a la UE. El tercer 'no' de Merkel es a fiarse del todo de las instituciones de Bruselas. Su recelo ante la Comisión y el Parlamento ha aumentado. Prefiere lo que llama 'el método de Unión', basado en acuerdos entre todos los gobiernos o, al menos, los de la eurozona.

De este modo, la canciller no parará de reunirse con sus colegas europeos en cumbres formales e informales en los próximos meses, pero es probable que estos conclaves deliberen y decidan muy poco. La magnitud de los retos exige más que activismo. Como ha explicado con lucidez Fidel Sendagorta, el peligro mayor viene del interior de los Estados miembros. En esto nos parecemos a los actuales EE UU, donde -argumenta el ensayista- el miedo a la pérdida de la identidad frente a la inmigración y la falta de fe en el progreso económico continuado han alterado profundamente la política.