Diario Sur

Por amor al arte

Cuando queremos expresar algo que hace uno sin ánimo de lucro, y sencillamente porque le gusta, decimos que lo hace por «amor al arte». Jorge Rando instaló hace algunos años el primer museo expresionista de España - y no sé si de Europa - en ese rincón castizo de Málaga que es la Cruz del Molinillo y acogido en el monasterio de Mercedarias de clausura. Cuando traspone uno la puerta, siente una especie de baño de esa paz que nace de la simplicidad y el recogimiento. Pero ¿quién es Jorge Rando? Seguro que esta pregunta dejaría perplejo a muchos de los alemanes que visitan ese lugar. Es normal. Que pregunten en su ciudad natal, Málaga, por el único pintor vivo que figura en algunos museos (ojo, no galerías, digo museos) de ese país, les parece inexplicable. Rando es uno de los mejores pintores expresionistas actuales. Hubo también un tiempo que, en España, algunos críticos de arte se limitaban a decir que Picasso era, simplemente, un pintor «interesante». Para muchos, entonces, un pintor de cosas raras que andaba por esos mundos. A Rando el tiempo también le conferirá la merecida justicia, cuando, en el arte, importen poco las creencias o las adscripciones. No hay pintura, o arte, cristiano o profano, ni de izquierdas o derechas. Hay sencillamente Arte. En los lienzos y esculturas de Rando la dignificación y respeto por los marginados, los sin techo o las prostitutas, alcanzan una dimensión casi mística porque los ama, y en definitiva, cada pincelada, hecha luz y color, son una expresión de amor. Como lo es también su pintura religiosa

Pero lo insólito de este pintor y su museo es que se ha creado y se mantiene por «amor al arte» y, para él, el arte, como decía, es amor. Cuando, en el universo de la cultura, la posibilidad de percibir subvenciones públicas o los mecenazgos privados preocupan tanto, porque son sus nutrientes imprescindibles, encontrar a un artista capaz de sobrevivir por su cuenta para poder convertir el recinto museístico en un espacio de libertad, como él mismo declara en sus escritos, tiene carácter excepcional.

Pero yo no fui allí para hacer una auditoría, sino para deleitarme con una confluencia de astros. Fui para, contemplando a la vez a Rando y a Barlach, respirar una atmósfera, entre artesana y medieval, que me permitió retrotraerme a lo que debió ser el Bauhaus como explosión originaria del arte moderno. Y no me sentí defraudado. Las esculturas de Barlach, que han estado expuestas un tiempo, me recordaron a un Rodin en el que la distorsión de las figuras sirve para transmitir el mundo interior de quién la crea. Porque eso es la esencia del expresionismo. Bacon, o Rando, no reproducen la realidad, la transforman para decirnos como se sienten ante ella.

Pero ese pequeño museo es mucho más que un mero expositor de artes plásticas. Apunta en la dirección de los museos del futuro, que se esfuerzan en convertirse en focos de cultura, por medio de la vivencia y la convivencia entre artistas y público y entre las diversas formas de expresiones artísticas. A su taller puede acudir cualquier persona que quiera iniciarse o continuar la aventura de la creación de belleza. En su tranquilo recinto se han producido ya unos doscientos cincuenta eventos culturales. Allí ha acudido uno de los conjuntos de cámara más importantes de la actualidad, como es el caso del Gewanhaus Quarttet. En las que llaman 'Horas de Mercado. Horas de Música', puede uno toparse, entrando libremente, con un magnífico espectáculo desarrollado en la intimidad de su jardincito.

No puede finalmente entenderse todo esto, si no se conoce la biografía de Rando. Sus iniciales estudios teológicos y sus muchos años en Alemania, parecen haber convertido su existencia en una constante búsqueda (tal como concibe la filosofía y el arte) apoyado por la espera del definitivo encuentro con Dios. Si sus reflexiones escritas, que he leído atentamente, reflejan verazmente su personalidad y su producción artística son un reflejo estético de la misma, espero de todo corazón que encuentre el necesario equilibrio de tan compleja dialéctica.

Acérquense una tranquila mañana de sábado a la Cruz del Molinillo y, después de plantarse y apreciar la monumental entrada de su mercado, caminen hasta el monasterio de mercedarias descalzas. Probablemente encontraran que algún acontecimiento artístico acaece en el jardincito del interior del museo. Si no, descansen pacíficamente allí, aprovechando la sonoridad de su silencio. Vean el arte de Rando y lo que eventualmente lo acompañe en su museo. Y, enriquecidos por dentro, paseen hasta la no lejana Plaza de Uncibay y disfruten de la comida y bebida de alguno de los restaurantes que, en ella y sus alrededores hay. Les aseguro que me agradecerán el consejo.