Diario Sur

ojo de halcón

Deporte, no fútbol

Seguro que no fui el único. Eran las tres y pico de la mañana y allí estaba yo clavado delante del televisor, tan nervioso como en los últimos minutos frente al Oporto. Y no sé con qué disfruté más, si con su oro, con su espontánea e inolvidable celebración o con las felicitaciones unánimes de sus rivales, la primera de una americana que se había quedado sin podio (elocuente, ¿verdad?). Se llama Ruth Beitia y hoy probablemente en los informativos ya no existirá. Hablarán más del nuevo tinte de pelo de Neymar o de algún detalle menor del partido del Madrid en Anoeta. O de una foto colgada en Instagram por Cristiano o Messi. ¡Qué triste! Tienen los Juegos Olímpicos un halo de justicia divina: durante dos semanas el fútbol es un deporte menor. Es cierto que solo juegan sub-23 (aunque se permiten contadas excepciones), pero también pasa inadvertido porque es el que menos encarna los valores del deporte. No hay otro en el que finjan, protesten, empujen al rival y escupan tanto. Ruth, que sí los representa a sus 37 años (aunque parece que tiene 20) y a la que tanto admiro, no ha sido jamás el foco de una campaña publicitaria pese a su tenacidad, su esfuerzo, su constancia y, sobre todo, su compañerismo y su humildad. No llega a los estadios con los auriculares puestos o haciendo como que habla por el móvil. No está pendiente de si tiene miles de seguidores en Twitter. No va de diva por el aeropuerto. Igual que Maialen, heroica madre-deportista. Sus gestas, como las de Carolina, Mireia, Craviotto y tantos otros, quedarán en el olvido durante cuatro años. De nuevo volveremos a sufrir y a vibrar con el fútbol. Pero que no nos engañen: por mucho que nos apasione, ya no es un deporte, sino un espectáculo.