Diario Sur

La Humanidad recibe a los Dólmenes de Antequera

En abril de 2014, el diario SUR nos brindó la oportunidad de valorar la significación que en nuestra opinión tenía la presentación por parte del Consejo del Patrimonio Histórico Español de la candidatura de los dólmenes de Antequera a la Lista de Patrimonio Mundial de Unesco. En aquel momento destacábamos la dificultad del desafío que se anticipaba al amplio equipo humano participante en la redacción del Expediente de Declaración. Hoy, dos años después, podemos celebrar la sensacional noticia: el exigente reto ha sido satisfactoriamente superado, y los megalitos antequeranos han sido reconocidos por Unesco como Patrimonio Mundial. Es un logro impresionante, que hace apenas diez años no nos habríamos atrevido a soñar, y que debe muchísimo a la imaginación, voluntad y capacidad de liderazgo de Bartolomé Ruiz González, director del Conjunto Arqueológico de los Dólmenes de Antequera.

Como responsables del Proyecto General de Investigación Sociedades, Territorios y Paisajes en la Prehistoria de las Tierras de Antequera (Málaga) (2013-2018), autorizado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, que es el marco en el que se desarrolla actualmente la investigación científica sobre los megalitos antequeranos, no podemos sino expresar nuestra felicidad y entusiasmo por este logro, que no dudamos de calificar de hazaña, dadas las difíciles circunstancias en que en los últimos años se viene desenvolviendo la investigación y gestión del patrimonio arqueológico andaluz.

Con la declaración por parte de Unesco, los megalitos malagueños se confirman como el tercer gran referente de la Prehistoria española. Lo que Atapuerca (Burgos) y Altamira (Santander) ya son, respectivamente, para el Paleolítico Inferior y el Paleolítico Superior mundiales, Antequera será ahora para el Neolítico y la Edad del Cobre: un lugar marcado en el mapa del mundo porque tiene algo especial que enseñarnos sobre el ingenio y la capacidad de creación de la especie humana a lo largo de su milenaria evolución. Antequera pasa también a formar parte del selecto grupo de los monumentos megalíticos europeos reconocidos por Unesco, entre los que se incluyen Stonehenge y Avebury en Inglaterra, Newgrange, Knowth y Tara en Irlanda, Islas Orcadas en Escocia y los templos megalíticos de Malta. Todos ellos son representativos de los primeros monumentos en piedra de la humanidad, construidos, como Menga, Viera y El Romeral, hace miles de años.

Como investigadores/as activamente involucrados en el estudio de los megalitos antequeranos esperamos que la declaración de Unesco propicie unas mejores condiciones y un mayor apoyo para la investigación científica de este excepcional legado de nuestros antepasados. La producción de conocimiento científico es la base de toda política de gestión del patrimonio arqueológico: sin investigación no se puede ni proteger ni conservar ni explicar un sitio arqueológico. La sostenibilidad de un proyecto estable de sitio arqueológico es solo posible en un programa científico igual de estable, que proponga preguntas nuevas y aporte informaciones de interés para un público cada vez más interesado e informado. En este sentido, tenemos por delante una ingente tarea. Los tres venerables monumentos antequeranos, y los sitios que se les asocian en el singular paisaje que conforman (notablemente La Peña de los Enamorados y El Torcal) quieren contarnos su historia, una historia que, por complicadas circunstancias, a veces no se ha sabido escuchar. En años recientes se han dado importantes pasos en la dirección correcta, pero para conocer la compleja biografía de los megalitos antequeranos será necesario llevar a cabo en el futuro proyectos de investigación que apliquen las mejores técnicas disponibles en la Arqueología actual, lo cual requerirá tiempo y recursos.

Nuestros antepasados neolíticos dejaron en Antequera un maravilloso legado de su formidable genio creativo y de su voluntad de persistir en la memoria más allá del tiempo. La humanidad acaba de recibir y abrazar este legado como propio. A quienes tenemos encomendado el estudio de ese legado nos toca ahora el turno de utilizar la ciencia para escuchar su historia y así poder, a nuestra vez, pasarla a futuras generaciones.