Diario Sur

LÍNEA DE FUGA

Sui géneris

La primera vez que salí en Nochevieja iba con mis padres y mis hermanas y creo que eso ha marcado la pauta de mi vida social. Varias familias de amigos se reunieron en la discoteca Sui Géneris de La Malagueta y, si no me falla la memoria, repartí la velada entre la elaboración de mezclas a partir de culos de bebidas con colillas y el aburrimiento lánguido en los sillones de piel. El nombre de Sui Géneris, su neón verde (creo) de la fachada, ha regresado estos días en una conversación con Jorge Rando en una cafetería de Hamburgo. Rando era el promotor de aquel local, como lo fue de La Taberna del Pintor, pionero en la experiencia de meterse entre pecho y espalda un bife de medio kilo con todas las de la ley. Cuenta Rando que recogía cada mañana la carne argentina en un avión procedente de Madrid y que para la cocina fichó a unos parrilleros pampeanos como se hace con los futbolistas en el mercado de invierno.

Rando mantenía un pie en Málaga y otro en Colonia. Allí llegó siendo imberbe y de allí guarda muchas más historias de las que cuenta. Allí Rando ha caminado por el lado salvaje de la noche, ha conocido el frío del inmigrante, la soledad de las putas y la mafia repartida en nacionalidades. Rando paseaba su fina silueta por los campos de la primera división alemana como jugador del Colonia cuando, en una pachanga en Málaga con sus amigos de los Maristas, se le quebró la rodilla y con ella los sueños redondos de futbolista. Rando supo, mucho antes de que lo cantara Serrat, que la vida te la dan, pero no te la regalan. Y con esas se fue labrando una vida de empresario que le permitiera comprar tiempo y libertad para su pasión: la pintura.

Rando decidió hace unos años, con las luces cálidas del otoño de su biografía, estrechar los lazos con la ciudad donde nació, presentarse como pintor después de una carrera artística cuajada con el viento del norte. Brindó Rando una exposición como un fogonazo en la ladera de La Coracha y ahí fue tomando forma la idea de crear algo con mayor poso, un lugar donde mostrar su obra y el de otros como él. Se decidió Rando por una esquina en El Molinillo ante la extrañeza de casi todos. Otra decisión sui géneris. Y en algo más de un año, el proyecto ha demostrado una capacidad de identificación con el barrio que para sí quieran otros equipamientos culturales. Desde esa cercanía, el museo también se asoma al mundo y está a punto de despedir la mayor muestra vista en España del escultor alemán Ernst Barlach, en cuya casa natal en Wedel, a 20 kilómetros de Hamburgo, acaba de estrenar Rando premio y exposición con más de cien obras.

Habla Rando en Hamburgo de la fundación alemana dedicada a recuperar el patrimonio histórico del país convertido en ruinas tras los bombardeos de la guerra. Es privada y tiene 200.000 socios, cuenta Rando, mientras aquí seguimos repartiendo las tristes migajas de una ley de mecenazgo que ni está ni se le espera y nos lamemos las heridas del IVA cultural en el 21%.

Rando ha decidido, como tantas veces antes, seguir adelante, no esperar a que caiga maná del cielo, sino salir a sembrar. Y los frutos los puede recoger cualquiera. Nadie da una entrada cuando entras al museo para ver una exposición, ver una película o asistir a un concierto. Nadie cuenta visitantes ni pide datos para estadísticas. El acceso es libre, como lo parece Rando. Su fundación sustenta la actividad, como se hizo cargo de más de la mitad del presupuesto necesario para poner en marcha el museo junto a la iniciativa municipal. Hay quien usa el dinero público para hacer negocios privados. Los negocios privados de Rando han servido para prestar un servicio público. Eso, en este país, sí que resulta sui géneris.