La incultura mata

Vivimos tiempos de libertad, todo lo matizada que quiera, pero también de supuestos equivocados. La libertad de pensamiento y de creencia, por ejemplo, es esencialmente positiva, hasta que topa con alguna de las trampas y abismos que roen su superficie. Uno tiene la libertad de creer lo que le dé la gana, confiar en lo que le dé la gana, arrodillarse frente a quien quiera y racionalizar la condición humana de la forma que le parezca. Vivir en esta bola de barro, asumir la propia condición finita y miserable, comprender que hay un momento en el que el 'yo' se funde en la negrura y que después no hay nada, no hay más yo, y que el universo sigue y continúa, es una opción demasiado difícil para muchos. Desde que el mundo es mundo, desde que el primer hombre miró por encima del hombro a las sombras que se agitaban en la oscuridad, más allá de la luz de la hoguera, hemos necesitado explicar empleando la fe. El problema es que la fe no cura el cáncer. La quimioterapia sí. Se llaman milagros por alguna razón. Se llaman milagros porque lo normal es que no ocurran. Confiarse al milagro y confiarse a la lotería para pagar el alquiler cuando uno está al borde del desahucio son situaciones idénticas. Solo un loco las cometería. El cuerdo va al médico y apuesta por el método científico, con más probabilidades de dar en la diana. Si a uno le ponen a pie firme a un sacerdote y a un médico, uno charlará con el primero y se pondrá en manos del segundo. No hay mucha discusión. Encontrar el consuelo no está reñido con el tratamiento, e incluso puede ayudar. El problema comienza cuando en lugar del sacerdote, cuya propuesta es clara y transparente, el enfermo tiene que elegir entre médico y curandero. El médico va a someterle a un tratamiento invasivo y antinatural que envenenará el cuerpo, ocasionará vómitos, mareos, dolor. El curandero llegará con un método natural, poco invasivo, amable. Como las vitaminas que le ofrecieron a Mario Rodríguez, un chico valenciano de 21 años, que abandonó la quimioterapia en favor de un método mucho más fácil. Murió seis meses después, diciéndole a su padre entre lágrimas que se había equivocado. Mario tenía derecho a tener fe en una terapia alternativa, por supuesto. Tenía la libertad de acogerse a una opción menos transitada, de confiar en quien le ofrecía un camino más sencillo. Murió por ejercer mal la libertad. Solo es una víctima.

Lo que le mató no fue el cáncer, sino la incultura. Fue la falsa tolerancia, la blandura mediocre con la que tratan a los charlatanes quienes pueden evitar que estos medren. Como el cáncer, alimentándose de un fallo del sistema que no aniquila lo perjudicial cuando está a tiempo. Ojalá fuese el último. No lo será.