LA TRIBUNA

El Cementerio Inglés

Hace unos días, en la presentación del libro de Rafael Torres sobre el Cementerio Inglés, libro que -dicho de paso- recomiendo fervorosamente, le pregunté, allí mismo, en la capilla anglicana del propio camposanto:

-Rafael, tengo una curiosidad: ¿por qué viniste a visitar este lugar?

-Bueno, verás, tengo una costumbre: cuando llego a una ciudad, lo primero que visito es un mercado y un cementerio. Cuando vine a Málaga, escogí el mercado de Huelin y, como no podía ser de otra manera, este cementerio.

Y yo que le dije que tanto mi mujer como yo, juntos o por separado, teníamos una costumbre parecida. Porque si llegábamos a una urbe o un pequeño pueblo, entre las primeras y destacadas visitas estaba siempre el sitio donde entierran a sus muertos. Sé que quizás no es lo más habitual, pero sé -como hace Rafael- que no somos ni mucho menos los únicos. Es más, días después, escuché al profesor Rodríguez Marín hablar del llamado 'necroturismo' que, como su nombre indica, está vinculado a recorridos turísticos por cementerios singulares y que, al parecer, cada vez reúne a más adeptos entre sus filas.

Sea como necroturista, o quisiera pensar mejor como viajero que juega a ser romántico, me recuerdo a mí mismo cuando deambulando yo sólo, a más de nueve mil kilómetros de distancia, paseé por el elegante cementerio de La Recoleta de Buenos Aires. O cuando en el viaje de novios nos gustaba andar por los cementerios abiertos y ajardinados de cualquier sitio de Escandinavia. O como cuando llegamos a París, mi mujer y yo también, y no fuimos a ver la torre Eiffel, sino las calles arboladas del cementerio de Pere Lachaise. O como cuando llegamos a Venecia y cogimos el vaporetto, pero no llegamos hasta Murano, nos quedamos en la mágica isla cementerio de San Michele. O como cuando me escapé unos minutos de mis amigos del 'Interrail' para visitar por segunda vez el cementerio judío de Praga. O como cuando los cuatro, incorporando irremediablemente a los hijos a la tradición familiar, nos hicimos amigos de la monjita que regentaba en solitario el cementerio inglés de Florencia, bello aunque rodeado de demasiado tráfico. O como cuando fuimos a la Serranía de Ronda y terminamos en el cementerio de Gaucín, o como cuando fuimos a la Subbética cordobesa y terminamos en el de Iznájar...

En fin, tantos y tantos cementerios... En Europa o en América; en el pueblo de al lado o al otro lado del océano; judío, católico, ortodoxo griego o protestante; pequeño o grande... Los cementerios invitan a pasear sin prisas, sin necesidad de hacer fotos para cubrir el expediente como un japonés estresado, sin necesidad de decir que yo ya he estado allí. Invitan a disfrutar de un espacio único de la ciudad, de un lugar que te hace conocer de primera mano cómo han sido, y siguen siendo, los habitantes que tienen allí a sus familiares y allegados.

Pero todo viajero vuelve siempre a casa, y ese hogar, en el tema que nos ocupa, se llama Cementerio Inglés de Málaga. En un domingo de invierno o en un concierto de jazz en verano, de día o de noche, con sol o con lluvia, con perro o con pipa, con niños y sin niños. Cada momento te ofrece un placer distinto para disfrutar por un jardín nada ordenado, bellamente caótico entre los bancales que miran al mar. Te hace repasar la historia de tu ciudad, la historia de tantas vidas apasionantes que terminaron con sus huesos allí, después de darlo todo por la ciencia, por el arte, por ideas románticas y descabelladas. Te hace pensar, también, que hay que vivir intensamente, porque todos tenemos un cementerio inglés esperándonos en la certeza del final.

Paseando por él sientes también la rabia y la impotencia de saber que con la ayuda institucional, y con muy poco dinero en comparación con otros proyectos culturales tan millonarios, se podía adecentar un lugar que representa como nadie la historia de los dos últimos siglos de la ciudad, que representa como nadie su esencia abierta y cosmopolita, que podría representar como nadie la punta de lanza del cada vez más pujante necroturismo, que podría representar como nadie lo que cantaban siempre por malagueñas de la bella ciudad como un «jardín lleno de flores y a la orillita del mar».

Estamos en noviembre, el mes de los muertos. La predicción del tiempo anuncia para mañana abundante lluvia. Será el momento ideal para pasear por el viejo cementerio de los ingleses, para beber las palabras de María Victoria Atencia escritas en él y emocionarse con las «las lágrimas de noviembre que calarán la ternura» de los vivos, y de los muertos.

La predicción meteorológica anuncia que mañana lloverá. Espero y confío en que las lágrimas de noviembre calen la ternura de los vivos, de los muertos, y de más de un responsable institucional.