LA TRIBUNA

Con el miedo en el cuerpo

Desde hace muchos años sabemos lo que ocurre en nuestros centros sanitarios gracias al trabajo de Ángel Escalera. Siempre ha informado con veracidad y constancia. Cuando coge un tema lo sigue a lo largo del tiempo pues los buenos periodistas persiguen las noticias, siempre efímeras, hasta convertirlas en relatos. Bueno, pues los lectores de SUR tal vez hayan apreciado cómo desde hace algún tiempo Ángel Escalera atribuye la información a 'fuentes del Hospital (o de otro centro sanitario) que han preferido permanecer en el anonimato'. En el periodismo acudir a este eufemismo es habitual, pero comienza a ser preocupante cuando se convierte en la norma. Porque esto es lo que ha ocurrido. Los nombres propios han desaparecido de las informaciones procedentes del mundo sanitario. Los médicos y demás profesionales tienen miedo de que su nombre aparezca involucrado en alguna noticia crítica de la institución. Tienen miedo a las represalias que se puedan producir. No hablo por hablar. Les podría poner numerosos ejemplos. Hace unos años Ángel Escalera me dijo: «Federico has cambiado». Sí, era cierto había cambiado. Era una cuestión de responsabilidad pero también de prudencia. Poco a poco el SAS y las instituciones sanitarias han ido constituyendo un sistema de control del personal que explica que los periodistas tengan dificultades para identificar con sus nombres a los profesionales sanitarios involucrados en las noticias.

No les resulta difícil a los gabinetes de prensa anonimizar los éxitos de los profesionales y de los servicios médicos, ahora atribuidos a 'la institución'. Su trabajo es, además, ahora utilizado, entre otras cosas, para cuantificar las aportaciones de cada profesional a la imagen (positiva) de la institución, contribución que es hoy una parte más del complemento económico del sueldo de un médico. ¿Y quién decide qué y qué no es una noticia positiva para la institución? Pues sí, son exactamente quienes ustedes están pensando.

Por otro lado, los nuevos liderazgos profesionales están contaminados por la exigencia de fidelidad empresarial, de manera que las personas críticas tienen pocas posibilidades de llegar a directores de las Unidades de Gestión Clínica (UGC). El caso más reciente el de la jefatura clínica de la UGC de Medicina Interna de Hospital Carlos Haya en cuyo examen el presidente del tribunal y actual gerente del hospital, José Luis Doña y el director médico Miguel Ángel Prieto, vocal del mismo, no tuvieron ningún empacho en amonestar repetidamente a uno de los candidatos, el Dr. Fernando Salgado, por haber mantenido una actitud crítica entre otras cosas, por su condición de responsable de una asociación profesional. Naturalmente la plaza, sin quitarle méritos al Dr. Sergio Jansen que al final la consiguió, no se la dieron. Pero es, sobre todo, la política de precarización en el empleo la que está haciendo más daño a la autonomía profesional. Hoy buena parte de la plantilla tiene contratos discrecionales, que en cualquier momento pueden ser revocados. Criticar a la institución les puede costar, sencillamente, el puesto de trabajo. La cuestión ha llegado a tal grado que aquellos comentarios del Gerente del Hospital y presidente de aquel tribunal fueron hechos en público sin conciencia ni siquiera de que eran ética y estéticamente impresentables, además de, muy probablemente, anticonstitucionales al condicionar y relacionar la competencia y la promoción profesional con la libertad de crítica y de opinión.

La consecuencia está siendo la desmoralización, la desmotivación, y, lenta pero crecientemente, una cierta desprofesionalización. La gente, especialmente la gente joven va a trabajar, eso es todo. Y a un hospital los médicos (hablo ahora de ellos pues no quisiera involucrar a nadie más) no pueden ir al hospital solo a trabajar. La medicina o es dialéctica o no es nada. Una profesión dialéctica es aquella que es capaz de poner en cuestión todos sus conocimientos y obrar en consecuencia. Es aquella que no renuncia a los valores que le son propios y que asume como parte de su trabajo el inevitable conflicto entre los principios éticos de beneficencia, de justicia y de autonomía. Cuando la solución de este conflicto queda solo en manos de la administración, la medicina se empobrece intelectual y moralmente. Esta pulsión dialéctica era precisamente el gran capital que la empresa pública sanitaria tenía, capital que lo están dilapidando por culpa de unos modelos gerencialistas que han perdido la confianza en sus profesionales a los que han tratado (y en parte conseguido) domeñar.

Un último ejemplo. Hace unos días Ángel Escalera ha dado la noticia de que los médicos del servicio de cirugía del Hospital Clínico piden desvincularse de la UGC creada como consecuencia de la fusión de los servicios del Clínico y de Carlos Haya. En ambos servicios hay médicos muy prestigiosos, pero Ángel no da ningún nombre. ¿Se produce un enorme conflicto interprofesional y no aparece nadie que sea responsable de la noticia? Es el último ejemplo de cómo los médicos del sistema sanitario público se han quedado mudos. Pero en este caso, además, es el último ejemplo del fracaso, del enorme fracaso de la fusión de los dos grandes hospitales de Málaga, una medida autoritaria, no planificada, de cuya inconveniencia ya muchos advertimos. El nuevo consejero de Salud está ya tardando demasiado en cumplir su promesa de revocar la fusión. Cuanto más tiempo deje pasar mayores serán los daños y los perjuicios. Unos daños que serán difíciles de cuantificar pero no son los menores la desafección al sistema de los profesionales. ¿Qué puede esperar el SAS de unos médicos desafectos, temerosos y desprofesionalizados? La innovación que es la base de la supervivencia de una empresa, sea pública o privada, no es posible si los profesionales no arriesgan, lo que exige compromiso, dedicación y fidelidad crítica. Desgraciadamente los empresarios actuales del sistema sanitario público solo exigen fidelidad. Y con ella solo no se va a ninguna parte.