Diario Sur

GOLPE DE DADOS

Don de la mediterraneidad

Cae en mis manos ese libro que se está vendiendo gracias al boca a boca, garantía de buena literatura porque es la pasión la que te susurra al oído; se trata de 'Peregrinos de la belleza' de María Belmonte -en Acantilado-; en él, esta exprofesora y ahora caminante, ha realizado un inventario de viajeros desde el siglo XVIII hasta el XX, que limpios de odio, celos y envidias, se deslizaron por nuestro Mare Nostrum; la lista va de Wincklemann a Durrell, pasando por Gloeden, Munthe, D.H. Lawrence, Miller o Leigh Fermor, entre otros, todos buscando la revelación del lugar inevitable, el 'bel morir' a través de una epifanía, la utopía de Ulises casi al alcance de la mano y sobre todo la belleza sutil y absorbente que marcó no sólo el Apolo de Belvedere, sino todas las divinidades reunidas. Es una delicia pasar las horas veraniegas, entre libro y libro, aprehendiendo sensaciones, para luego poder contárselo a los amigos y a los lectores, que parece mentira nunca coinciden; es un placer trasladarse, como peregrino inmóvil, a Roma, Capri, Rodas, Chipre, Atenas, El Cairo, Alejandría, sin moverse del sofá, y timarse desde lejos con esas misteriosas islas del Egeo surcadas por Ícaros invisibles a los que el sol aún no ha derretido las alas. Ya llegará el momento, porque, no se equivoquen, hasta la última capa de basura acumulada, escoria humana y corrupción, también forma parte de ese don de la mediterraneidad. No en vano los viajeros descritos comparten algo en común: escupen sangre en las playas minoicas, buscan la habitación del pánico que en la que reflejan sus paranoias y sus miedos, se estremecen con el sexo de los ángeles y navegan hasta caer exhaustos en brazos de una utopía imposible, como si el orden pudiera ser compatible con la claridad y el caos, como si la luz que enceguece no fuera la que, paradójicamente, nos da la visión perfecta.

Sin lugar a dudas, la ciudad de Málaga también está tocada por el don de la mediterraneidad, pero tiene más que ver con los puertos de Marsella, Génova, Orán y Beirut, donde el tamaño de las cosas no viene dictado por el volumen o las distancias, donde, metafóricamente, se reparten telegramas de ida y vuelta a velocidad de vértigo, y donde los buques entran y salen de las dársenas sin preguntarse por su destino porque son el destino en sí mismos, ya lo escribió Cavafis: allí donde fueres la ciudad irá contigo. Hay algo duro y fatal en estos puertos mediterráneos colgados del cielo, una suerte de heráldica en la sombra que asusta por su morosa intensidad. En estos días en que la Feria de Málaga conquista abruptamente las alamedas, las esquinas y sus recovecos, uno llega a pensar, como Larry Durrell, que la ciudad, cuando quiere, corta tu respiración e inspira los toboganes de tus estados de ánimo. Pero es que Málaga, como Alejandría, tiene la capacidad de usarnos como si fuésemos su flora o sus esclavos insumisos, precipitando en nosotros sus conflictos y entregándonos a la ilusión de creernos libres en un paraíso que puede destruirnos.