Con vistas a la frontera

Fayón pertenece a la Franja de Aragón, donde se habla catalán y existe un fuerte vínculo con la comunidad vecina

CARLOS BENITO

La visita a Fayón empieza y termina con Francisco Franco. Más difícil todavía: empieza con un Francisco Franco y termina con otro. El primero recorre el Paseo de Aragón con un paraguas para protegerse de los últimos coletazos de la tormenta. «Me llamo Francisco Franco y soy catalán y comunista», se presenta, un poco reacio a hablar con periodistas porque, cuando era crío, le hicieron un reportaje a cuenta de su coincidencia onomástica con el dictador.

Fayón forma parte de la Franja de Aragón, la zona donde se habla catalán por su proximidad a la comunidad vecina. En algunos indicadores de la carretera, se aprecia el efecto de sucesivas enmiendas para cambiar el castellano Fayón por el catalán Faió, con tachones de ida y vuelta cuyo resultado es un híbrido un poco confuso. El pueblo pertenece a Zaragoza pero linda con las provincias de Lleida y Tarragona, con las que mantiene un estrecho contacto que no es solo geográfico, histórico y político, sino también biográfico y emocional: abundan los nacidos en Cataluña, los descendientes de catalanes, los que tienen hijos y nietos en la comunidad vecina o los que, simplemente, emigraron en su juventud para trabajar en alguna industria de por allí.

Francisco Franco señala vagamente el paisaje del otro lado del río. Es decir, Cataluña. «¿Ves los aerogeneradores que hay por ahí? Pertenecen a Cataluña. Aquí no se pueden instalar por los buitres. Se ve que allí los buitres están avisados y se dan la vuelta», ironiza. En otros asuntos, por fortuna, existe más armonía: «Al médico, lo mismo te mandan a un lado que al otro. A mí me operaron en Zaragoza y me hacen el seguimiento en Lleida». En su recorrido por el pueblo, Francisco se tropieza con Alejandro Bielsa, el trabajador municipal que se encarga de los jardines, dedicado a podar unos arbustos del paseo. Juntos, le dan un rápido repaso al 'procés'. «Más valdría que arreglasen los problemas reales, el paro y los chorizos», apunta el primero. «A lo mejor el Barça acaba jugando aquí al lado, en Almatret», propone el segundo.

Francisco explica a los forasteros cómo, en el entorno del pueblo, te puedes topar tanto con los Mossos como con la Guardia Civil: «A mí no me ha multado ninguno de los dos. A los guardias les digo cómo me llamo; a los mossos, de dónde soy». Y Alejandro desdeña filosóficamente la idea de que Fayón se convierta en frontera internacional («todos los sitios son fronteras») antes de volver a concentrarse en sus tijeras de podar: «Yo creo que aquí tenemos más árboles y rosales por habitante que ningún otro lugar del mundo».

A lo mejor no se engaña, porque el Fayón actual acaba de cumplir cincuenta años y lo diseñaron con parterres por todas partes. El Fayón viejo, ceñido al Ebro como quien recorta una vaquilla, se quedó en el fondo del embalse de Ribarroja, con el campanario como único vestigio visible. Los vecinos se marcharon obligados, con cuatro cosas y mil recuerdos, y se establecieron en estas casas blancas tan iguales, repartidas en calles que van por orden alfabético: del Paseo de Aragón, la A, salen las calles del Búho, del Clavel, de la Dehesa, del Estanque, del Fresno, de la Gracia, del Heno, de la Ilusión... El jubilado Miguel Ángel Sales, que aprovecha la tregua de la lluvia para darse un paseo, es uno de los que siguen añorando «la vida de abajo», cuando Fayón era un pueblo más auténtico y tenía muchos más residentes que los actuales 350: el traslado vino a coincidir con la decadencia de la minería en la comarca y dejaron de navegar los 'llaüts', las barcas que bajaban el carbón para pasarlo a trenes a la altura del pueblo. «Entonces la estación era de Aragón, ahora pertenece a Cataluña», puntualiza Miguel Ángel, que trabajó cuatro años y medio en Terrassa y va mucho a Lleida para comprar.

-¿Se imagina una frontera aquí mismo, con su aduana y todo?

-¡Cómo voy a imaginármela, si veo Cataluña desde la ventana!

Hoy, una de las grandes riquezas de la comarca es la pesca deportiva. El 'black bass' y los monstruosos siluros traen clientela a los tres campings («el alemán, el inglés y uno de españoles que está lleno de franceses», resume Susana Rosique, la encargada del Bar Sociedad) y hacen de los extranjeros una presencia habitual. Susana es de Barcelona, hija de un emigrante de Fayón, y lleva cinco años afincada en el pueblo. Ya se ha acostumbrado al 'faionenc', el catalán local, por mucho que a veces siga usando palabras que sus vecinos no comprenden. Estos días, en realidad, le cuesta más entenderse con algunas amistades de la ciudad condal: «Estoy mosqueada por cómo ha cambiado la historia que yo estudié y por lo que estoy viendo. Mis amigas me dicen que es por vivir fuera. Yo les contesto que es porque a mí no me han comido el coco».

La mala leche de Hitler

Y no está sola en Fayón, ni mucho menos. En el paseo por las calles del pueblo llaman la atención dos casas que rompen la monotonía estética. En una, un vecino pintó los escudos de sus equipos de fútbol favoritos (el Zaragoza, el Barcelona y el hoy desaparecido Club Deportivo Fayón) junto a un fragmento de la partitura de la 'Oda a la alegría' de Beethoven. En otra, cuelga una bandera española, que puede parecer incongruente en un pueblo aragonés donde nadie acaricia planes de ruptura. «¡Ya la tengo descolorida y todo! La puse cuando empezó a sonar todo esto, para dejar claro que no todos los catalanes queremos la independencia», aclara la dueña de la casa, Loli Delgado, que es de Girona y profesora de catalán. «Estoy con los pelos de punta, me pongo de los nervios cuando veo los comentarios en Facebook. Yo llevo nueve años aquí, pero tengo mi casa en Cataluña, tengo allí a mi familia, a mi abuela enterrada... ¿Voy a tener que sacarme un pasaporte? Mis padres son andaluces, de Málaga y Marbella, y en la escuela nunca nos consideraron catalanes. Mi abuela bajaba a buscar perejil a la tienda y le contestaban que no tenían, por pedirlo en castellano: le decían que lo que había era 'julivert'», evoca. Loli colabora como voluntaria en el Museo de la Batalla del Ebro, situado a las afueras del pueblo, y se despide con una pregunta enigmática: «¿Habréis estado con 'el Abuelo', no?».

'El Abuelo' es Germán Visús, tiene 101 años y vive en una pequeña urbanización a la que los fayonenses se refieren socarronamente como Pedralbes. Hasta hace poco, el anciano bajaba a diario al museo para relatar a los visitantes sus experiencias en la Guerra Civil, y también participa -a bordo de un sidecar, con su camisa azul y sus condecoraciones- en la recreación histórica de la batalla que se hace todos los veranos en Fayón. «Yo lo pasé muy mal, estuve a punto de morir un par de veces», dice: fue alcanzado por disparos en cuatro ocasiones, pasó tres semanas sin comer, incluso se le congelaron las piernas y las salvó gracias a que se las metieron en estiércol.

Pero lo más llamativo de sus peripecias es que Germán fue chófer de Francisco Franco, no el catalán comunista del pueblo, sino el otro. Solía llevarlo de cacería: a la cabra hispánica, al conejo, a la perdiz en Albacete... Lo recuerda comiendo gazpacho manchego en algún coto como si hubiese ocurrido ayer: «Solía llevar una botita de vino. Bueno, se la llevaba yo siempre». Y, con una memoria capaz de desmenuzar los detalles de hace ochenta años, Germán explica que también estuvo con Franco en Hendaia. Un momento: ¿eso fue cuando se entrevistó con Hitler? ¿Usted vio a Hitler? «Claro, y vaya mala leche tenía, qué tío más chulo. ¡Cómo cerró la puerta cuando se marchó!».

-Oiga, Germán, ¿y de la independencia de Cataluña qué opina?

-Ay, a mí la política de ahora no me interesa.

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