Urkullu aleja a Euskadi de Cataluña pero reclama un «Estado confederal»

OLATZ BARRIUSO

vitoria. «Hago un llamamiento a centrar el esfuerzo en nuestra vía propia». Esa frase, pronunciada por el lehendakari Iñigo Urkullu hacia el final de su discurso de política general en el Parlamento vasco, confirmó lo que era un hecho. Que la tensión desatada por el golpe de mano de los independentistas y la vía unilateral de desafío a la legalidad no van a trasladarse a Euskadi en el corto ni en el medio plazo. Los vertiginosos acontecimientos del miércoles, que arrastraron a los partidarios del proceso soberanista a multitudinarias protestas callejeras tras las detenciones de altos cargos de la Generalitat, dejaban margen para temer un 'efecto dominó'.

Pero la sangre no solo no llegó al río sino que cada cual se limitó a representar el papel que se le presuponía: Iñigo Urkullu se mantuvo en su apuesta por un acuerdo en la ponencia de autogobierno que desemboque en un nuevo estatus legal y pactado con Madrid aunque volvió a sacar de la chistera una llamativa propuesta de reforma territorial basada en un Estado «confederal».

Consciente de que todas las miradas estaban puestas en él tras admitir que el referéndum no puede celebrarse con garantías, el lehendakari planteó que existe un «conflicto entre voluntades sociales mayoritarias en cuanto a su identidad nacional» en Euskadi, en Cataluña y en el resto de España. Y aceptar a su vez -de ahí los recelos que en privado expresaban los socialistas y también en público los populares- que Euskadi es una «nación política» (y no solo cultural) dentro de un Estado descentralizado y «plurinacional».

Laberinto político

El lehendakari recogió toda su doctrina sobre el encaje de las nacionalidades históricas, la empaquetó para regalo y le puso un lazo. Aunque en realidad no lanzó ningún concepto novedoso, sí sorprendió que, como salida al «laberinto político territorial», propusiera avanzar hacia un Estado confederal, un concepto que ya manejó en 2014, con el órdago catalán en marcha. Entonces se fijó en Suiza y Estados Unidos para sugerir un modelo de unión permanente basado en la adhesión voluntaria de entidades nacionales soberanas que, en la práctica, no existe como tal en ningun lugar del mundo.

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