«Esto es lo único bueno que ha logrado Puigdemont»

Manifestación a favor de la unidad de España en Barcelona./Lluis Gené (Afp)
Manifestación a favor de la unidad de España en Barcelona. / Lluis Gené (Afp)

Una multitud se echa a la calle «harta de escuchar que éramos cuatro los que no queríamos la independencia»

VÍCTOR NÚÑEZBarcelona

Una hora antes del inicio de la manifestación por la unidad de España, en el Paseo de Gracia de Barcelona el clamor popular era unánime: «¡Puig-demont-a-pri-sión!». Sonaba de fondo Manolo Escobar (‘¡Que viva España!’) y el sol furioso parecía disparar los ánimos y los gritos cada vez que un helicóptero de la Guardia Civil sobrevolaba esta calle teñida de rojo y amarillo. Entonces la gente miraba al pájaro mecánico, agitaba sus banderas o levantaba las manos y gritaba: «¡E-sa-es-nues-tra-poli-cía!». Desde el ventanal de la primera planta de la Casa Batlló de Gaudí, varios turistas orientales, con gesto de sorpresa, no paraban de hacer fotos del espectáculo patriótico.

La multitud está formada por hombres y mujeres de toda condición. También edad. Universitarios, abuelos, asalariados, familias al completo, grupos de amigos, y de amigas... En la marcha a favor de la unidad de España «cabemos todos».

Sobre el asfalto, Manuel Martínez, un hombre de origen andaluz de 44 años que vive en la capital catalana desde hace 23, intentaba abrirse paso entre la multitud con una bandera en cada mano, la señera y la constitucional. «Esto es lo único bueno que ha hecho Puigdemont y su gente: motivarnos a salir a la calle sin ningún complejo para gritar que este país es uno e indivisible», dijo antes de unirse al coro: «¡Puig-demont-a-pri-sión!».

Lo que iba a ser una manifestación con punto de partida y llegada, no tardó en convertirse en una concentración. El gentío (más de un millón, dijo la convocante Societat Civil Catalana; 300.000 según la Guardia Urbana) fue tal que, a las doce del mediodía, ya era prácticamente imposible avanzar. «Pues mira: ¡mejor así! Que vean que somos muchos», opinó Maite Incháustegui.

Maite nació hace 52 años en San Sebastián, pero dice que desde que era una niña vive en Hospitalet de Llobregat, un suburbio de Barcelona. No es la primera vez que esta mujer ataviada con una bandera española en la espalda, a manera de capa, y una sombrilla roja y amarilla para protegerse del sol, sale a la calle con la intención de apoyar o echar abajo alguna causa. «Es que yo soy de izquierdas. Lo que no quiere decir que sea una antisistema, ¿eh? Siempre que ha sido necesario participar en alguna movilización ciudadana, me pongo las zapatillas y… ¡a la calle!», especifica.

Hoy Maite dice sentirse indignada. «Resulta que han proclamado una república sin importarles lo que pensemos la mayoría. Es necesario que se sepa: por lo menos el 60% de los catalanes estamos en contra de la independencia. Lo que pasa es que ellos tienen medios para hacer ruido y nosotros no habíamos querido meternos en líos. ¡Pero ya está bien!», dice mientras coge de la mano a su hija adolescente.

Adolescentes son también Santiago y Guillermo, dos amigos flacos y rubios de 15 años de edad que en su instituto barcelonés, cuentan, están acostumbrados a tener discusiones con sus «escasos» compañeros independentistas. «Me parece surrealista lo que ha hecho Puigdemont», tercia Santiago. «Nunca imaginé que este tipo llegaría tan lejos», apostilla Guillermo. «Pero él y su gente acabarán en la cárcel y se convocarán elecciones, perderán los radicales y volverá la normalidad», concuerdan en vaticinar los dos. Arreciaba el calor en la Plaza Catalunya, uno de los extremos de la concentración, mientras un grupo de cuatro legionarios, uno de ellos con su uniforme caqui verde, grita con voz profunda «¡Viva España!» y «¡Yo soy español, español, español!» ante la mirada atenta de un reportero alemán. Junto a ellos pasan familias enteras con una pegatina en el pecho en forma de corazón, relleno por las banderas de España, Cataluña y la Unión Europea. Hay quien porta letreros hechos con rotulador: «Golpistas estrellados», «Somos Cataluña, somos España» y carteles con el lema oficial del día: «Todos somos Cataluña. ¡Por la convivencia, sentido común!».

Los psiquiatras

A la señora Ángela Muñiz, una costurera jubilada de 75 años, no le importa estar presente sin ostentar algún objeto patriota. «Yo he venido porque me harté de escuchar que éramos cuatro los que no queríamos la independencia. ¡No señor! Somos muchos y ya dejamos de estar acojonados, perdona que te lo diga así. No habíamos salido antes porque caminabas por la calle con la bandera española y te llamaban facha. ¡Eso decían ladrones, como los Pujol esos!», se desahoga la señora Ángela.

Continúa su análisis de la situación al tiempo que un grupo de amigos universitarios se acerca para escucharla y uno de ellos no duda en intervenir: «En la universidad hemos pedido varias clases por huelgas en apoyo a la independencia y ya no estamos dispuestos a permitirlo». Entonces, esta mujer de baja estatura y gafas gruesas baja la voz y suelta: «Ahora los que se ganarán la vida son los psiquiatras. Porque hay mucha gente que, con todo esto, tiene depresión o ansiedad. ¡Te lo digo yo!».

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