«Ya tengo el tupperware»

La logística para hacer llegar las urnas a los colegios recuerda a una novela de espías: contraseñas, señuelos, móviles desechables...

IVÁN ORIO

Nunca unas urnas tan baratas, poco más de seis euros cada una, habían tenido tanto valor. El Ministerio del Interior había desactivado casi en su totalidad la logística del referéndum en las jornadas precedentes, pero el dispositivo activado para la caza de los recipientes no había dado los resultados esperados -apenas se decomisaron un centenar-. Los investigadores sabían que la Generalitat había encargado cerca de 10.000 cajas electorales de plástico a una empresa 'low cost' de China y sospechaban que habían permanecido ocultas en Francia, en un lugar cercano a la frontera con Cataluña. Pero no daban con ellas y las fuerzas soberanistas las convirtieron en su último as en la manga a pesar de que algunos alcaldes llegaron a declarar públicamente que estaban ya guardadas en casas de sus vecinos.

La estrategia de los convocantes de la consulta para eludir la persecución de las urnas recuerda al argumento de una novela de espías, con móviles desechables, mensajes cifrados, señuelos, contraseñas, paquetes falsos, desvanes... Según informó 'La Vanguardia', los responsables de hacer llegar los receptáculos de plástico y las papeletas a los colegios electorales idearon un sistema en apariencia sencillo con cinco vías diferentes de suministro y de estructura escalonada; es decir, si el plan A fallaba se activaba de inmediato el B, y así sucesivamente. De hecho, las 10.000 cajas habían sido divididas en dos partidas por si las fuerzas de seguridad encontraban alguno de los lotes.

Todo estaba ideado para que los recipientes acabaran en manos de los últimos guardianes, los encargados de mantenerlas a buen recaudo hasta ayer mismo, en espera de la apertura de los centros de votación a primera hora de la mañana. La mayoría de ellos militan en alguna de las formaciones secesionistas o en grupos cercanos o afines. No había una conexión plena entre ellos para que no conocieran toda la información y los datos sobre alguien pudieran conducir al escondite de los receptáculos. Pero sí se había extendido la consigna de que los simpatizantes independentistas 'protegieran' a las personas que debían transportarlas a los colegios electorales y trasladarlas a su interior. «Ya tengo el tupperware, ¿dónde quedamos?». Éste era el santo y seña acordado de antemano para que el destinatario de la llamada o del mensaje de WhatsApp supiera que se estaba hablando de las urnas.

La comunicación se activaba a través de un móvil de prepago, más difícil de rastrear y localizar. Del lugar de la entrega ya se había hablado antes. Se realizaba en lugares cerrados o aislados para evitar miradas indiscretas y posibles chivatazos. Y ayer, los guardianes metieron las urnas en enormes bolsas de plástico y las llevaron en coches hasta los centros de votación, donde cordones humanos perfectamente alineados se convirtieron en escudos frente a la actuación de los agentes policiales.

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