Trapero, el policía que vivió demasiado rápido

Josep Lluís Trapero, a su llegada a la Audiencia Nacional. :: efe/
Josep Lluís Trapero, a su llegada a la Audiencia Nacional. :: efe

Nombrado en abril máximo responsable de los Mossos, en medio año ha pasado del cielo al infierno

MELCHOR SÁIZ-PARDO BARCELONA.

Preguntar hoy sobre Josep Lluís Trapero a los mandos y operativos de los Mossos d'Esquadra es tanto como forzarles a hacer un estriptis de sus ideologías políticas. El nombre de Trapero, al margen de llevar 27 años en el cuerpo y no faltarle ni trayectoria ni méritos para ocupar la máxima responsabilidad en la institución, estará siempre ligado a su nombramiento en abril de este año como 'major' de los Mossos, en pleno desafío independentista y sabiendo la que le iba a caer encima.

Su ascenso meteórico ha sido tan rápido como su caída. En apenas medio año ha vivido en primera persona lo que la mayoría de sus compañeros no alcanzarán a experimentar en toda su vida laboral. Nombrado como hombre de confianza de Carles Puigdemont para controlar a los Mossos de cara al 'procés' que se avecinaba, la realidad llevó a Trapero por otros derroteros cuando el 17 de agosto los yihadistas eligieron Barcelona y Cambrils como el nuevo escenario del terror en Europa.

Aquel mando 'politizado' casi consiguió borrar en cuestión de días el marchamo de 'indepe' con sus ruedas de prensas contundentes, dando cuenta de los avances de una investigación que avanzaba sobre ruedas y sin la ayuda de las fuerzas de seguridad del Estado. Y encima, su nuevo aspecto de 'poli' curtido con barba y sus modales rudos le estaban granjeando una imagen que ni siquiera él mismo esperaba. Su famoso «bueno, pos molt bé, pues adiós» a un periodista holandés que se marchó en una rueda de prensa sobre los atentados después de que el 'major' se negara a responderle en castellano encumbró a Trapero a los altares del independentismo. Las camisetas con la frase y la cara de Trapero se vendieron como rosquillas. Había nacido un icono. También sexual. Los clubs de fans, de ellos y de ellas, se multiplicaron en días.

Su gestión de los atentados de Barcelona y su imagen de tipo duro le convirtieron en un icono

Aquel 'charnego' nacido en 1965 en Santa Coloma, hijo de un taxista vallisoletano y al que su familia todavía llama Jose, se había convertido en una de las bazas más valiosas del aparato propagandístico de la secesión.

Trapero había aparecido de la nada a ojos del gran público. Pero en realidad no era así. Este policía que comenzó su carrera en 1990 en Gerona venía años compartiendo fiestas con Carles Puigdemont y su núcleo más íntimo. Algo que jamás se hubiera sabido si a mediados de 2016, Pilar Rahola no hubiera colgado en las redes sociales las pruebas gráficas de una fiesta en Cadaqués en la que Trapero, con camisa hawaiana y guitarra, dirigía los cánticos en los que participaban el ahora cesado 'president' o Joan Laporta, entre otros.

Pero a Trapero no le habían puesto al frente de los Mossos para convertirse en una 'star'. Le habían puesto para dirigir a la policía catalana en los momentos más delicados. Y ahí comenzaron los equilibrios imposibles.

La caída

El principio de su fin comenzó el 20 de septiembre. Tampoco hace tanto. Fue entonces cuando una decena de agentes de la Guardia Civil quedó atrapada por la multitud en los registros de la Consejería de Economía. Ellos, los funcionarios de Interior, denunciaron que habían pedido hasta en cinco veces a Trapero y los suyos ser rescatados y que el 'major' no hizo ni caso.

Hubo bronca por aquello, pero el 'major' parecía ser capaz de nadar y guardar la ropa. Sin embargo, la tempestad que se avecinaba ya no le iba a permitir más regates. En vísperas del 1-O se sucedieron las reuniones entre Interior, la Fiscalía y Trapero para advertirle de que los mossos tendrían que desalojar colegios. El mando daba largas. Tantas largas que hasta enfadó al Fiscal General del Estado.

Dicen que el 29 de septiembre firmó su 'sentencia de muerte'. Ese día prohibió a todos los mossos el «uso de la fuerza» para desalojar los colegios. Y el 1-O ocurrió eso. Que los agentes autonómicos no desalojaron.

Solo tres días después, el 'mando' que había acabado con la célula yihadista de Barcelona pasaba a estar imputado por sedición. Dos veces ha pasado desde entonces por la Audiencia Nacional. El pasado 17 de noviembre cerca de 400 funcionarios le recibieron con aplausos a su vuelta a Cataluña tras su última visita a la juez Carmen Lamela. Fue el último homenaje al policía que en solo seis meses ha sido nombrado, cuestionado, encumbrado, imputado, convertido en mártir y destituido.

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