El tour de la indignación

Concentración contra la actuación policial . Un grupo de estudiantes protesta en la céntrica plaza de Cataluña por los disturbios y las cargas del domingo. :: susana vera / reuters

Los barceloneses, independentistas o no, exteriorizan su enfado con la actuación policial. «Una urna no mata, una porra sí», clama una mujer

PASCUAL PEREA BARCELONA.

La capital catalana recuperó ayer el pulso cotidiano de una ciudad abierta, dinámica y civilizada: tráfico denso, trabajadores ajetreados, turistas despistados, amas de casa con el carrito de la compra y mendigos por las esquinas. Pero de los retazos de conversaciones oídos al tuntún se hacía evidente que en sus arterias latía una tensión de mala sangre: «No hay derecho», decía una mujer a su amiga en una terraza; «¿Un referéndum o un golpe de Estado?», preguntaba una joven por teléfono, en tono desabrido, ante un semáforo peatonal; «Cargaron como bestias», describía el frutero a un parroquiano ante su exposición vegetal.

En el cruce de Carrer d'Aragó con Pau Claris, a las doce en punto del mediodía un hombre con mochila detiene su moto en el centro de la intersección, se pone de pie sobre el sillín y empieza a agitar una senyera (de las pocas que se ven, porque la estelada gana por goleada). Pronto se forma un corro a su alrededor y el tráfico se interrumpe. La gente corea «¡Hem votat!» (hemos votado) a ritmo de las palmas y el conductor de un autobús graba la escena con su móvil. «Se han convocado concentraciones en todos los puntos neurálgicos y oficinas de la ciudad para protestar contra la brutalidad policial», informa Noemí, una vecina de Cubellas de 42 años, que ha subido a Barcelona para llevar al médico a su hija Paula, de 14.

- ¿Que opina de la... -empieza a preguntar el periodista.

LAS CLAVES «¿Cuando pase algo serio qué van a sacar, metralletas? Yo no fui a votar, pero mis ojos ven» «Creo que deben permitirlo. Si no, votarán en el futuro y habrá más independentistas»

- ¿De la masacre? -interrumpe Noemí, retándole con los ojos a cuestionar el calificativo-. Que yo sepa, una urna no mata, una porra sí. Está muy caliente todo, pero ya no pueden seguir negando lo que hay. No fue un referéndum en las condiciones óptimas, pero era la única opción que nos quedaba. Es como un matrimonio, no puedes forzar a nadie a estar con alguien que te dice 'te quiero' pero te apalea. Es muy difícil que esto tenga vuelta de hoja. Tengo amigos que estaban contra el referéndum y han cambiado. Lo de ayer es un antes y un después.

Oiremos esta última frase varias veces más. Ante la delegación de la Secretaría de Estado de la Seguridad Social, dos docenas de funcionarios se han sumado a la protesta. «Habremos bajado la mitad más o menos, el resto se han quedado», informa José Miguel, un hombre cerca ya de la jubilación que asegura haber sido testigo el domingo de excesos policiales. «Vi llegar de golpe veinte furgonas una detrás de otra, comerse un semáforo en rojo como si nada y, en el colegio Víctor Catalá, bajar todos los antidisturbios con sus escudos y porras. ¡Por favor, fue vergonzoso! Vi cómo sacaban a un ciudadano de la oreja, así», dice, y sorpresivamente tira con fuerza de la del periodista para mostrarle cómo ocurrió. «Votar fue ilegal, pero no un delito. ¿Cuando pase algo serio qué van a sacar, metralletas? Yo no fui a votar, pero mis ojos ven».

Ante el Mercat de la Concepció circula un convoy de seis furgonetas de la Policía Nacional. Es difícil que pasen desapercibidos, porque a su alrededor decenas de conductores pulsan sus bocinas en un concierto iracundo y ensordecedor. Dentro del edificio decimonónico de cristal y hierro forjado, vendedores y clientes comentan el tema del día. «¿Y los policías heridos, no tienen familia?», plantea un hombre a la verdulera del puesto Cuevas, Frutes i Verdures Selectes. Pero se ve que está en minoría. «Está tot una mica liat», concede una madre con su cochecito.

En el Instituto Raimon Llull, donde el día anterior se produjeron cargas policiales que han saltado a las portadas de medios de todo el mundo, hay claveles reventones prendidos en la verja. Junto a ella, una reportera de televisión espera ante la cámara a que le den paso, micrófono en mano. Dentro, en el patio arbolado, los niños juegan, corren y gritan como siempre. Hace un rato han bajado allí alumnos y profesores, formando círculos, y su director ha gritado «Soms gents de pau» antes de regresar todos a las aulas.

También hubo visita policial en el cercano Institut de Batxillerat Jaume Balmes. «Vinieron a las ocho y media», cuenta Albert Daví, profesor de Educación Física, que había pasado la noche en el centro con otras 250 personas entre alumnos, maestros y vecinos. «Como sólo teníamos tres urnas, estábamos muy relajados pensando que no aparecerían por aquí. Pero ya ves, fuimos los primeros de Barcelona. Se acercaron veinte por cada lado para arrancar a la gente que protegía las urnas. Nosotros opusimos cero resistencia, y ellos solo usaron las manos, la verdad. Algunos fueron correctos, profesionales; a otros se les notaba una rabia y un odio que no sé de dónde salían».

La tensión se relaja en el Passeig de Gràcia, la milla de oro de la ciudad, donde se respira un ambiente cosmopolita y de alto standing, con sus enjambres de orientales acribillando a 'selfies' la Casa Batlló, su desfile de ejecutivos apresurados y sus puestos de libros donde uno puede encontrar desde valiosos ejemplares descatalogados de anticuario al ensayo 'Cap a una Economia dels Paisos Catalans', de Muntaner i Pascual. El hecho diferencial lo marcan jóvenes con esteladas por capa que suben desde la Plaza de Catalunya, donde miles de ellos se han concentrado en señal de protesta y ahora bailan y dan palmas en una atmósfera festiva y reivindicativa a partes iguales. Hay también muchos jóvenes en la enorme sede de Apple que hace chaflán, pero su revolución es la tecnológica. «Las cosas se han salido de madre. Los catalanes no somos nada emocionales, somos gente práctica», dice Isabel, profesora de un centro de formación profesional, que almuerza en una terraza. «Espero que no haya Declaración Unilateral de Independencia. La mayoría quería votar, no independizarse. Creo que el referéndum no tiene garantías, pero no me parece mal que la gente vote. Aunque yo no soy independentista. No me gustaría que nos separaran», puntualiza.

Para ella, el problema se remonta al diseño de la España de las autonomías, «donde Cataluña quedó peor. En Alemania también hay estados federales que ayudan a otros, pero nunca quedan por debajo de los que han ayudado, como aquí. Vas a Andalucía y ves unos medios materiales impresionantes que nosotros no tenemos. Y pagamos un 30% más de impuestos que en Madrid. Hay que ser solidario, pero a lo mejor no tanto».

- ¿Entonces, es un problema de dinero?

- Empezó siéndolo, pero ha saltado a lo emocional.

- ¿Y le ve alguna salida?

- Quiero pensar que sí. No sé quién dijo que siempre hay que hacer tres cosas: negociar, negociar y, cuando esté todo perdido, negociar. Siempre queda una posibilidad de arreglo.

A otra mesa próxima se sienta Roger, un ingeniero británico afincado en Barcelona desde hace años. «Me siento incómodo, se nota algo raro», dice en buen español. «Si sigue la cosa como está, si uno de los dos lados no cede y cambia de trayectoria, va a acabar mal. Se ve un ambiente muy crispado. Y en el extranjero más. Mi jefe en Londres me ha preguntado hoy: '¿Podrías trasladarte con tu familia a Inglaterra?' Le he dicho que por ahora no lo veo necesario».

Roger se confiesa «unionista, pero tampoco me preguntan, porque no puedo votar», sonríe. «Pero también estoy por el referéndum, aunque ya se conoce lo mal que nos salen a los ingleses, jaja. Creo que deben permitirlo. Si no, votarán en el futuro y será peor, habrá más gente por la independencia».

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