Supervivientes del infierno de Hipercor

Roberto Manrique, Jordi Morales, Xavi Valls y Joel Manrique delante de Hipercor el pasado 13 de junio a la misma hora del atentado. :: M. L. SÀENZ.
Roberto Manrique, Jordi Morales, Xavi Valls y Joel Manrique delante de Hipercor el pasado 13 de junio a la misma hora del atentado. :: M. L. SÀENZ.

Se quejan del «olvido», insisten en que cada atentado les hace «revivir» aquel «infierno» y hablan sobre cómo entienden el «perdón» Mañana se cumple el 30 aniversario del atentado más mortífero de la historia de ETA. Cuatro de sus víctimas hablan de aquel 19 de junio

MELCHOR SÁIZ-PARDO BARCELONA

El sol cae a plomo. Son las cuatro y ocho minutos de la tarde. La misma hora en la que aquel 19 de junio de 1987 ETA convirtió en un infierno el Hipercor de la avenida Meridiana de Barcelona, llevándose la vida de 21 personas e hiriendo a otras 45 en el atentado más mortífero en la historia de la banda terrorista. Tres jóvenes y un adulto charlan a las puertas del centro comercial. El público entra y sale mirando de reojo a los cuatro hombres que posan ante el fotógrafo en las escaleras. «¿Quiénes son?», pregunta un chaval de unos veinte años. «Víctimas del atentado», es la respuesta. «¿Qué atentado?», repregunta el joven transeúnte, antes de quedarse de piedra al enterarse de lo que aquí ocurrió hace ahora 30 años.

«No se debe ocultar la historia. Es una historia mala, pero es la que es. En Alemania no se esconde lo que hizo Hitler, pero aquí estamos empeñados en olvidarlo». Habla Jordi Morales. Aquel coche bomba mató a sus padres, María Teresa Daza y Rafael Morales, y también acabó con la vida de su futuro hermano o hermana ya que su madre estaba embarazada. «Habían ido a Hipercor a llenar la nevera para San Juan», recuerda Jordi. Ahora tiene 37 años. Bueno, quizás solo 35, porque asegura que el atentado, además de arrebatarle lo que más quería, también le robó casi un año y medio de memoria. «A mí me cortaron la vida de golpe. Me sigue doliendo cada día a pesar de que han pasado 30 años. Lo llevo muy dentro. Mi padre, mi madre, mi hermano... estaba iniciando una vida que no me dejaron vivir». Las palabras se agolpan en su mente, aunque reconoce que en ese cerebro no ha sido capaz siquiera de guardar una sola imagen de sus padres vivos, a los que solo reconoce ya por fotos.

Robert Manrique Carnicero del centro «Me cocí por dentro. Se me derritieron la cara y los brazos» Jordi Morales Mataron a su padres «Estaba iniciando una vida que los terroristas no me dejaron vivir» Xavi Valls Mataron a su padre «Me ha costado años decir que mi padre no murió, sino que lo mataron» Joel Manrique Hijo de herido «Con cada atentado revivimos el infierno del Hipercor»

El tema de los recuerdos, su falta de ellos (o la manipulación mental de estos para rellenar los huecos en su vida que dejaron los 200 kilos de amonal y gasolina) parece torturarle. Hipercor -explica- le ha costado ya tres décadas de terapia y «mucha rabia». «Yo no perdono. Tengo rabia. No me pongas delante a ninguno de los cuatro (etarras condenados). Siento rabia por lo que hicieron con mis padres, por lo que me han hecho sentir, por los meses de mi vida que borraron en mi cerebro».

Roberto Manrique mira a Jordi como quien mira a un hijo. Mientras pasean por los alrededores de Hipercor se ve que se procesan un cariño mutuo. Manrique era el empleado de la carnicería del centro comercial aquel día. Sobrevivió de milagro con heridas gravísimas y lleva tres décadas consagrado a la atención a las víctimas de aquel atentado y de otros. Dirigente y fundador de varias organizaciones de asistencia de damnificados del terrorismo, él fue quien «encontró» a Jordi hace once años en un partido de fútbol juvenil. Hasta entonces el huérfano no había sido «ni siquiera considerado víctima del terrorismo» y se las había arreglado como había podido.

Manrique, que llegó a reunirse con uno de los terroristas (Rafael Caride) en 2012 en el 25 aniversario de la matanza, usó la ayuda a otras víctimas casi como terapia propia, pero no olvida. Su recuerdo sí que es muy vivo de aquel 19 de junio. «Yo trabajaba de mañana pero ese día acepté cambiar a un compañero el turno de tarde. Pensé: ¿qué va pasar por trabajar un día de tarde? En ese momento estaba despachando lomo... y de pronto, me estaba cociendo por dentro. No me estaba quemando, me estaba cociendo. Se me estaban derritiendo la cara y los brazos», rememora Robert, quien jamás podrá olvidar el «horno» en el que se vio metido (la mezcla explosiva hizo que en el hipermercado se alcanzaran los 3.000 grados).

«Pensé que había explotado el gas de la cámara frigorífica. Como pude, a tientas, porque ya estaba casi ciego, encontré la salida de emergencia. Alguien me metió en un taxi con otras víctimas. Me enteré que había sido un atentado tres días después cuando me estaban llevando al quirófano para intentar salvarme el brazo. Allí escuche a alguien decir 'Pero qué hijos de puta. ¿cómo han puesto una bomba en Hipercor?' Fue allí cuando se me encendió la bombilla», apunta el excarnicero.

Manrique, por supuesto, admite que el atentado le cambió la vida, pero recuerda otro momento clave, que, asegura, casi casi fue más importante en el rumbo que tomó su vida. Fue en junio de 1989, cuando se juzgó a los dos primeros etarras por el atentado, Josefa Ernaga y Domingo Troitiño. «Ni siquiera nos avisaron. Me enteré por la prensa. Y allí me planté. ¡Vaya mierda de juicio! ¡Vaya pantomima! ¡Vaya farsa! ¡No hubo víctimas para contar lo que habíamos vivido y lo que seguíamos viviendo!» Fue entonces cuando comenzó su particular cruzada para organizar a los familiares y supervivientes de Hipercor y a luchar por sus derechos. Una lucha que sigue.

Su hijo, el de verdad, el biológico, Joel Manrique, tenía tres años cuando el atentado le «cambio la vida». «Toda tu rutina salta por los aires. Y no tienes alternativa. Nadie te pregunta». Como su padre y como Jordi Morales tiene una guerra particular en contra del «olvido». «Se ha suavizado demasiado el tema. Una cosa es tender puentes para acabar con ETA y otra es que se pueda olvidar. Hablas con chavales de 20 años y no saben nada del atentado de Hipercor», denuncia Joel, que revela que «sigue habiendo víctimas que ni siquiera saben que lo son» y que la administración no hace todo lo que puede por localizarlas. «Los políticos te venden la moto en ese momento. Se hacen la foto, pero luego se olvidan de todo. Este comportamiento es extensivo a la sociedad», afirma.

Quizás la sociedad olvida, pero Joel no. Y su familia tampoco. «Con cada atentado, por el trabajo que escogió mi padre, revivimos Hipercor. Es más. No es solo que cada vez que hay un atentado, aunque sea lejos en Londres o Mánchester, revives el infierno de Hipercor, es que vives ese atentado como si te hubiera ocurrido a ti. Ves cuatro imágenes y en dos segundos te vienen un montón de flashes. Las sirenas, las ambulancias... todo es lo mismo».

Xavi Valls lleva el nombre de su padre, un famoso arquitecto catalán que murió en el atentado con 49 años. Tenía nueve años cuando todo sucedió y ha tardado más de 20 años en poder hablar sin eufemismos de la muerte de su progenitor. «Me ha costado mucho decir 'que a mi padre lo mataron'. A principio me limitaba a decir mi padre murió en Hipercor». Xavi es muy consciente de sus secuelas aunque no estuviera en el centro comercial aquella tarde. «He pasado años sin querer dar lástima. Con el tiempo y con terapia maduré. Y ahora puedo decirlo: mi padre no se murió. No murió de un cáncer o de viejo. Lo mataron».

«¿Perdón a los asesinos?». El hijo del arquitecto se encoge de hombros. «No lo sé, la verdad. No necesito perdonar. Hipercor ha formado siempre parte de mi vida», admite con resignación.

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