«Solo queremos vivir en paz, todos juntos»

Un joven con la bandera España anudada a su espalda abraza el domingo a su pareja durante la manifestación en Barcelona. :: i. alvarado / reuters

Un paseo por el recorrido de la manifestación del domingo evidencia la incertidumbre y los temores

CARLOS BENITO BARCELONA.

Si a uno le acongoja la situación de Cataluña, la mejor terapia es venirse a Barcelona. Las redes sociales llevan tiempo sumidas en su peculiar guerra civil, incruenta pero despiadada, con tanta agresividad que uno se imagina la Ciudad Condal sumida en la bronca y el barullo. Pero aquí, en el epicentro del 'procés', la vida sigue imperturbable y las tensiones pasan mucho más desapercibidas que en los campos de batalla de Twitter o Facebook. Aunque las rutinas de Barcelona llevan tres semanas sometidas a bruscas sacudidas que parecen abolir la normalidad, muchos de sus ciudadanos se esfuerzan por mantenerse al margen, centrados en esa minucia que es seguir existiendo. Eso sí, que nadie acuda a los catalanes en busca de una reconfortante dosis de seguridad: la independencia unilateral que todos esperan para esta tarde, bien podría interpretarse como una Declaración Universal de Incertidumbre, porque aquí nadie tiene claro lo que puede pasar en lo que queda de semana.

En la plaza de Urquinaona, el lugar de donde arrancó el domingo la multitudinaria manifestación contra la independencia, quedan pocos vestigios de la avalancha humana: un rastro de pegatinas (banderitas con la leyenda 'Cataluña es España', corazones repartidos entre la española, la senyera y la europea), un par de banderas de verdad prendidas en un árbol y algunos globos rojos y amarillos que han resistido el empuje del viento. Pasan estudiantes, gente que va a trabajar y, más apresurados todavía, grupos de turistas orientales. En las palmeras gritan las cotorras, nuevas reinas de los árboles barceloneses, empeñadas en monólogos que parecen una metáfora política. Las personas sentadas en los bancos ofrecen una buena muestra de población repartida por edades. El mayor es Gonzalo Prieto, un coruñés que navegó de marino mercante y, hace cincuenta años, se vino a Barcelona para trabajar en la industria. A Gonzalo, la independencia no le estimula nada: «España está mal, pero creo que coger la independencia va a ser peor, un caos. Los de aquí seguro que no van a ceder, así que Rajoy va a mandar otra vez la Policía y habrá palos. ¡Y ya hubo palos bastantes! Yo veo la cosa muy fea». ¿Estuvo en la manifestación, Gonzalo? «Noooo, la vi por la tele. En esos líos no me meto: bastante pasé con Franco».

De la protesta del domingo se ha dicho que dio voz, por fin, a una mayoría silenciada por el nacionalismo. Pero hay otro colectivo, quién sabe si más grande, formado por los que jamás saldrían a la calle ondeando una senyera o una española. En otro banco de la plaza, Carlos, de 43 años, prefiere no dar su apellido y se define como simpatizante de «los de blanco, los de sin banderas». ¿Y cómo lo lleva? «No me siento cómodo ni con un lado ni con otro, así que esta semana la he vivido con ganas de esconderme. Soy partidario del referéndum y hace tres años, en el 9-N, voté, pero esta vez, tal como se organizó todo... Me decía '¿dónde estoy yo en todo esto?'».

«España está mal, pero la independencia será peor», dice un gallego que lleva 50 años en Cataluña «No estoy cómodo ni con un lado ni con otro, así que sólo tengo ganas de esconderme»

«Palabrería»

El estrato más joven de la población, tres bancos más allá, lo representan cinco alumnas de Márketing y Publicidad que disfrutan de su rato de recreo. Tienen 19 años. «Yo pienso que todo esto es una mierda. Los que no somos ni de unos ni de otros estamos cansados. Todo es palabrería», se desahoga Carla Cuenca, hija de andaluces. «Yo soy independentista -puntualiza una de sus amigas, Marina González-. No estoy en contra de los españoles, sino del Gobierno. Aunque, si se fuese Rajoy, vendría otro igual». ¿Y le parece que esto que viene ahora es la independencia? «Quiero que sí, pero creo que no», responde, como quien redacta un eslogan para un ejercicio de clase.

-Debatirán mucho sobre esto entre las amigas, ¿no?

-Hasta ahora no habíamos hablado nunca del tema. Es polémico y puedes acabar discutiendo con alguien que te cae bien.

La Vía Laietana, con su tráfico endemoniado, sirve como resumen de ese gigante a menudo contradictorio que es Barcelona. Las sedes de grandes empresas se intercalan con supermercados que venden refrescos para llevar y el paseante salta de la bombonería La Colmena («desde 1849 endulzando Barcelona») a los carteles de 'Yes, we change money', del establecimiento de heráldica y numismática de Aureo & Calicó a las ofertas de 'mojitos y margaritas'. En el suelo sobrevive alguna octavilla de la víspera, con el lema '¿Estrellados? No, gracias', y a dos letreros de la calle Jonqueres les han tapado el nombre con pegatinas de España, seguramente sin saber que se refiere a un antiguo convento.

También luce sus adhesivos la plaza dedicada a Lluís Millet, el bisabuelo del Millet que desfalcó millones del Palau de la Música, pero con la calle de Sant Pere Més Alt nadie se ha atrevido. Justo allí están descansando María y Mari Carmen, madre e hija, que también prefieren no identificarse del todo. María es extremeña, estuvo muchos años de emigrante en Francia y acabó aquí, en Barcelona: «Lo único que queremos es vivir en paz, todos juntitos, como hasta ahora», resume, un poco apurada por cortar la conversación. «Madre, hay que hablar, ya vale de callarse», le reprende la hija, que sí tomó parte en la manifestación del domingo: «Sentí mucha unión y muy buena onda. Creo que al menos se ha dado una respuesta clara».

-¿A Puigdemont le habrá hecho pensar?

-Yo no creo que le sea indiferente. Otra cosa es que trate de aparentar indiferencia.

La Jefatura Superior de Policía está amurallada con vallas de tráfico. Hacen guardia ocho funcionarios y, a un costado del edificio, dos vehículos de los Mossos, a quienes corresponden las competencias de orden público. Los policías nacionales, callados por imperativos del oficio, sonríen de oreja a oreja al mencionarles lo ocurrido la víspera, cuando algunos manifestantes los abrazaron y se sacaron fotos con ellos. «Fue un día curioso, vino mucha gente», acaba diciendo uno. ¿Y ahora qué va a pasar? «Espero que los políticos tengan altas miras», responde su compañero.

Cortina de humo

La idea de los catalanes como un bloque monolítico es un disparate, mercancía barata para la bronca, pero tampoco acaba de funcionar la idea de los catalanes como varios bloques monolíticos. Los veinteañeros Mateu Bauçà y Sergi Pijoan son pareja y van paseando a su perro. Mateu, un mallorquín con una estética entre punk y hippie, es el primero en tomar la palabra: «Yo tengo muchas ganas de independizarme ya de este país, pero la cosa acabará mal, eso se ve venir», augura. Sergi sale al paso: «Yo no, no soy para nada independentista, porque creo que no beneficiaría a la economía personal. Por el sentimiento, habrá gente que se quite la espinita, pero el DNI catalán no me va a dar de comer más que el español». Mateu no votó el 1-O porque continúa censado en su isla, pero Sergi sí lo hizo. Y votó... ¡sí! «El referéndum no servía para nada y yo fui uno de los cientos que votaron sí en señal de repulsa por la violencia».

Al final de la Vía Laietana esperan la brisa y la luz del mar. En el último tramo de la manifestación del domingo abundan las banderas colgadas de las ventanas: hay una decena de esteladas, una española, una 'senyera' que serpentea desde un tercer piso hasta un primero y una escocesa, además de las llamativas toallas de playa de la Pensión Palacio. También han quedado allí un par de pancartas de pauxcat.com, una web que vende camisetas con el lema 'no violencia, no independencia'.

En el café Lulu, Sonia Queralt y Marc Costa están sacándose fotos, vestidos de novios: se casaron en julio, pero han encargado lo que se conoce como un reportaje de posboda. «Sobre la independencia, somos neutros», se ríe la novia. Proceden de Manresa y son dos ovejas negras: él viene de una familia muy independentista y ya se ha acostumbrado a que le llamen 'facha' por su desinterés; ella ha salido del Barça, para disgusto de sus tíos madridistas. Y lo tienen muy claro. «No vamos a tener problemas ni por el fútbol ni por la política».

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