Socios a palos

Las relaciones entre Convergència y Esquerra han sido tormentosas desde 2012 y se han agudizado a medida que se ahondaba el desafío

RAMÓN GORRIARÁN MADRID.

Esquerra y Convergència, o los restos del partido que fundara Jordi Pujol, están obligados a entenderse si quieren mantener vivo el proceso independentista, pero su convivencia ni ha sido ni es ni será fácil. Son socios a palos que han encadenado una crisis con otra. Las relaciones han sido una tormenta continua desde noviembre de 2012, cuando comienza su colaboración tras las elecciones que abrieron la puerta al desafío secesionista.

La hegemonía en el mundo nacionalista, y ahora soberanista, ha sido el caballo de batalla permanente entre Esquerra, una formación de izquierda e independentista, y el liberalismo nacionalista-soberanista encarnado en CiU, Convergència, PDeCAT y Junts per Catalunya. Artur Mas y Carles Puigdemont han mantenido a duras penas la preeminencia de su partido, pero la formación de Oriol Junqueras hace tiempo que dejó de ser el hermano pequeño.

Tras las elecciones del 28 de noviembre de 2010 CiU prefirió tener como aliado, quién lo diría ahora, al PP. Pero envalentonado por un lado por las movilizaciones soberanistas de la Diada de 2012, y acorralado por otro ante las protestas callejeras contra su dura política de recortes, Artur Mas decidió convocar elecciones para que CiU recuperara la mayoría absoluta. La apuesta fracasó. Y Mas dirigió la mirada a Esquerra, amenazante segunda fuerza.

Tienen todos los argumentos para romper pero les ata el proceso secesionista

Junqueras rechazó entonces el acuerdo estable para respaldar la investidura del presidente de la Generalitat. No estaba dispuesto a uncir el destino de su formación a las contestadas políticas neoliberales de Mas, pero quería atar a CiU con la fecha de la consulta de autodeterminación. El acuerdo llega tras tensas y largas reuniones. Esquerra no se fía del súbito fervor soberanista de Mas, pero al final, suscriben el Acuerdo para la Transición Nacional, y Mas es investido.

Enseguida se vio que iban a ser unos socios ariscos. La negativa de los republicanos a apoyar los presupuestos de 2013 lo puso de manifiesto. ERC además puso sobre la mesa la ley de consultas y la celebración del referéndum. Los convergentes arrastraron los pies, pero aceptaron el referéndum del 9 de noviembre con una doble pregunta. El Constitucional entra en escena por primera vez y suspende la ley que pretendía avalarlo.

El 9-N y las urnas

Esquerra y la todavía minoritaria CUP apretaban para seguir adelante. La Unió de Josep Antoni Duran Lleida ponía el freno. Mas tomó el camino del medio, transformó el referéndum en un proceso participativo sin efecto legal y anunció elecciones plebiscitarias. Esquerra se sintió traicionada pero finalmente Junqueras tragó con el proceso participativo del 9-N. Una votación que el independentismo vendió como un triunfo (el 80% de los más de 2,2 millones de votantes apoyaron que Cataluña sea un estado soberano).

Mas quiso entonces culminar el movimiento con unas elecciones plebiscitarias en las que Convergència, ya sin Unió, y Esquerra fueran en una candidatura unitaria. Junqueras se resistió a la coalición con el argumento de que por separado tendrán mejores expectativas, pero el presidente de la Generalitat amenazó con no convocar los comicios, y llevó el agua a su molino. Así nació la alianza de Junts pel Sí a la que se sumaron la ANC y Ómnium.

La coalición ganó los comicios del 27 de septiembre de 2015 con 62 diputados que sumados a los diez de la CUP dieron mayoría absoluta al independentismo en el Parlament. Pero no llegaron al 50% de los votos. Los anticapitalistas exigieron la cabeza política de Mas para apoyar la investidura. La tensión se dispara. En enero de 2016, el presidente de la Generalitat cedió y se sacó de la chistera a Carles Puigdemont.

La convivencia vivió unos meses de tranquilidad. Juntos afrontaron los embates de la CUP, que se negó a aprobar los Presupuestos de 2017. El órdago del president a Mariano Rajoy, «referéndum o referéndum», actuó como un bálsamo hasta la convulsa consulta del 1 de octubre. El enemigo de Madrid es la argamasa que sella todas las fisuras. Pero una vez celebrado el referéndum resurgieron los recelos a cuenta de la materialización de la república. Puigdemont dudó y decidió convocar de nuevo elecciones el 26 de octubre. Esquerra amenazó con abandonar el barco. Al día siguiente, el president se echó atrás, el Parlament aprobó una declaración de independencia y el Gobierno aplicó el artículo 155. Puigdemont huyó a Bélgica. Junqueras acabó en la cárcel.

ERC y JxC tienen todos los argumentos para romper, pero no dan el paso. Son socios, aunque sea a palos, para salvar un proyecto independentista de futuro cada día más incierto.

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