Silbidos al president, aplausos a la CUP

En la imagen superior, un grupo de personas celebra la declaración de independencia. Abajo, reaccionan tras escuchar su suspensión. :: Iván Alvarado / reuters/
En la imagen superior, un grupo de personas celebra la declaración de independencia. Abajo, reaccionan tras escuchar su suspensión. :: Iván Alvarado / reuters

La decisión de Puigdemont congeló el paseo en el que los soberanistas esperaban la proclamación de la independencia

ÓSCAR BELTRAN DE OTÁLORA BARCELONA.

El soberanismo social catalán sufrió ayer en sus propias carnes ese momento desmovilizador en el que la épica de la calle tiene que dejar paso a la táctica política. La suspensión de la declaración de la independencia por parte del presidente Carles Puigdemont cayó como un jarro de agua fría en el paseo Lluís Companys, la calle de Barcelona que conduce al Parlament y que ayer pasó de ser el centro de una fiesta prevista para recibir a la nueva república a un islote abandonado tras la desbandada de independentistas frustrados, aunque unos más que otros. El baremo del desengaño oscilaba entre la rabia de los antisistema de la CUP y la tristeza de los seguidores de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) y el Omniun Cultura.

«Al final ha aflojado», aseguraba, resignado, Ramón García, un militante de Arran, las juventudes de la CUP, que aguardaba ahora escuchar a la 'cupera' Ana Gabriel. «Hoy se tenía que declarar la república catalana, pero Puigdemont no se ha atrevido». El joven se encontraba en el extremo sur del paseo, una zona situada junta a las verjas de la Ciudadela tomada por los simpatizantes más duros del partido antisistema y de ICV. «Nos ha traicionado», gritaba otro muchacho airado. En este límite del paseo el discurso del president había sido acogido con silbidos y con insultos como «cobarde». Era la zona de los airados, de quienes no dudaban en que el desafío debía seguir adelante. Al concluir Puigdemont su discurso, muchos de ellos iniciaron una minúscula manifestación en dirección al centro del paseo situados tras una pancarta en la que se podía leer en grandes letras negras: 'desobediencia'.

El centro de la calle, ocupada por dos gigantescas pantallas a través de las que se retransmitió íntegramente todos las intervenciones, era también la zona en la que se agolpaban los sectores más moderados de los secesionistas desde horas antes del inicio de la sesión parlamentaria. A las cuatro de la tarde, los voluntarios de la ANC y Omniun Cultural organizaban el evento con llamadas a mantener el orden, evitar la violencia e «identificar a posibles infiltrados». «A cualquiera que quiera ser voluntario preguntarle a quién conoce», clamaba un organizador. A las siete y media, tras la intervención de Puigdemont, toda su organización se disolvía como un azucarillo en el agua ante la avalancha de ciudadanos que se alejaban cabizbajos y con caras largas. «Tengo sentimientos encontrados», acertaba a decir una mujer elegantemente vestida que había acudido con su compañero para escuchar la declaración de independencia. Reconocía cierta frustración mientras contenía las lágrimas. «Esperaba mucho más después del referéndum. Quiero pensar que ellos saben algo que los demás ignoramos y que esto pasa por algo. Pero esperaba mucho más».

En este punto del paseo ejercía de apóstol del Govern Joan Marfany, quien fue vicepresidente de la ANC entre 2013 y 2015 y que había acudido al acto como un ciudadano más. «No salimos con la república en el bolsillo pero tampoco damos un paso hacía atrás. Y eso es lo más importante. Ha sido una jugada muy brillante del presidente para que no nos lancen la violencia de Rajoy y demos tiempo a la mediación internacional», explicaba a las personas que le miraban con un rictus serio. Marfany, setentañero, pelo cano y gestos de maestro de escuela, lo tenía muy claro: el presidente había estado brillante. Muy cerca de él estaba Francesc Dordera, un nacionalista de Puigcerdá que se había desplazado casi desde la frontera con Francia para escuchar con sus propios oídos la ruptura con España. «Quiero pensar que es la última oportunidad que damos a la negociación y luego seremos ya una república», afirmaba al tiempo que se confesaba decepcionado y apuraba una cerveza de lata.

También dejaban la zona con paso vacilante los miembros de 'La Coronela', un grupo de moteros pro independencia que toma el nombre de las agrupaciones civiles que lucharon en la guerra de 1714. Con cazadoras de cuero, tatuajes y cascos en la mano, habían colaborado con la ANC en el servicio de orden. «Nosotros estaremos con el president porque es el líder del proceso», decía Roger Bardía, el líder de los motociclistas por la independencia. «Todo es un paso más y lo importante es que se está escuchando la voz del pueblo».

En el tramo de las pantallas gigantes se habían escuchado largas salvas de aplausos mientras Puigdemont, en su discurso, se acordaba de los heridos en las cargas del 1 de octubre, día del referéndum ilegal y narraba la organización de la consulta con aroma de epopeya. En ese sector nadie aplaudió cuando el president renunció a proclamar la nueva república. «No sé si esto es lo más inteligente. Ya estamos en manos de Rajoy», se quejaba un hombre con una camiseta en la que se veía la foto del mayor Trapero, el mando de los Mossos procesado por sedición por haber puesto, supuestamente, a la policía catalana al servicio del referéndum ilegal.

«Traicionando al pueblo»

En el extremo norte del paseo, justo bajo el Arco de Triunfo, se encontraban los miembros de la Unió de Pagesos con sus tractores. Estos agricultores se han convertido en una especie de caballería pacífica del proceso y el día de la consulta ilegal acudieron con sus vehículos a algunos colegios como fuerza de interposición ante las fuerzas de seguridad. Su líder, Joan Caball, se mantenía frío tras la intervención de Puigdemont. «Están buscando una solución más política y eso no me parece mal. Es una incógnita qué va a pasar a partir de ahora, pero queremos pensar que esta es la posición más inteligente antes de que suspendan la autonomía o hagan cualquier otra cosa», afirmaba.

Al lado de los tractores desfilaban decenas de personas que se marchaban con gesto ausente. Todo cambió cuando compareció en el Parlament la líder de la CUP Anna Gabriel y las pantallas gigantes emitieron su voz e imagen. La intervención de la líder del movimiento antisistema fue recibida con una salva de aplausos. Cuando se dirigió a Puigdemont para pedirle que explicara qué mediación esperaba se escucharon «bravos» y volvieron los gritos de «independencia» que habían desaparecido tras la ducha helada del president. «Gabriel está hablando claro. Aquí hemos votado la independencia y una ley para que entre en vigor. Todo lo que no sea eso son políticos traicionando el mandato del pueblo», sentenciaba un militante de la CUP con cresta y tatuajes en el cuello. Se había pasado toda la tarde repartiendo pegatinas con el lema 'sense desobediencia no hi ha independencia' y hasta escuchar las palabras de la dirigente del movimiento independentistas había estado en silencio.

Mientras Anna Gabriel se llevaba los aplausos que el discurso de Puigdemont no había cosechado, un miembro veterano de la ANC observaba pensativo la pantalla gigante. «Se ha actuado con inteligencia pero a la gente más independentista que luchó por el referéndum y soportó las cargas policiales esto le va a frustrar», analizaba. Con una sonrisa melancólica concluyó. «Fue bonito mientras duró. Ya veremos para qué sirve esto de la vía eslovena o lo que sea».

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