Una semana de protestas itinerantes

Los aficionados que asistían ayer al Girona-Barcelona ondearon esteladas en el minuto 17 y 14 segundos para recordar la caída de Barcelona en 1714, que se recuerda en la Diada. :: afp

En un ambiente de incertidumbre por lo que ocurrirá los próximos días, las manifestaciones conviven con La Mercè y la feria del libro La ciudad condal ha vivido jornadas mucho menos caóticas de lo que pueden sugerir algunas imágenes de las protestas

CARLOS BENITO BILBAO.

Estos días, cuando uno vuelve de Barcelona, la gente le pregunta qué tal como si hubiese pasado la semana en un país en guerra. Muchos parecen imaginarse una ciudad en estado de revuelta, con calles convulsas en las que el orden civil se ha hecho añicos, así que urge desmentir esa idea distorsionada de lo que está ocurriendo en la ciudad condal. Es evidente que las noticias que salen de Cataluña han ido adquiriendo en estas últimas jornadas un tono cada vez más inquietante, que obliga a pensar en los meticulosos preparativos para un desastre, pero también es cierto que el reflejo de esas tensiones en la vida cotidiana resulta, por ahora, mínimo. En Barcelona, con más de millón y medio de habitantes y miles y miles de turistas, las protestas no ocupan más que un par de calles, como un evento itinerante que se va desplazando por los 'puntos calientes' del casco urbano: el miércoles, cuando 40.000 personas se concentraban frente a la Consejería de Economía, el vecino Paseo de Gràcia acogía el montaje de la Feria del Libro Antiguo; el jueves, los 20.000 manifestantes ante el Palacio de Justicia compartían el Paseo de Lluís Companys con los ensayos de los bailarines para las fiestas de La Mercè.

Eso es algo que no habría que perder de vista al repasar lo sucedido esta semana. Otra realidad que a veces se olvida desde fuera es que los catalanes están muy lejos de ser un colectivo homogéneo y monolítico, por mucho que algunos políticos pretendan hablar en nombre de todos ellos y que las redes les atribuyan todo tipo de lindezas. Este periódico publicará a lo largo de la semana una serie de reportajes que aspiran a reflejar esa diversidad: desde Ivorra, en Lleida, que fue el pueblo con mayor proporción de voto independentista en las últimas elecciones autonómicas, hasta Badia del Vallès, un municipio creado en los 70 para los trabajadores inmigrantes en el que resulta casi imposible encontrar un partidario del 'sí'. «Estamos como en tiempos de Franco», resumía el miércoles Mercè Gené, vecina de Ivorra, al contemplar en televisión las imágenes de los registros y las detenciones. «Cuando un país se divide, se va al garete», alertaba Bartolomé Marcos, durante un descanso del juego en las pistas de petanca de Badia.

La operación policial del miércoles -con catorce detenidos, entre los que se contaban altos cargos del Govern- marcó un punto de inflexión para gran cantidad de catalanes. En jornadas anteriores, la Guardia Civil había requisado más de un millón de carteles y folletos, además de planchas para imprimir propaganda del referéndum, pero daba la impresión de que muchos independentistas de a pie no se esperaban que las intervenciones policiales fuesen a llegar más allá. Las declaraciones que unos días antes, en la multitudinaria Diada del 11 de septiembre, llamaban la atención por su seguridad casi ingenua -«votaremos, ganará el 'sí' y el día 2 seremos independientes», venían a decir, con el aplomo de quien enuncia un teorema- adoptaron planteamientos menos tajantes, con hueco para las condicionales. Pero también ocurrió que catalanes no independentistas se sumaron a la movilización, al interpretar los registros y detenciones como un atropello a la autonomía y la democracia, en la línea de lo expresado por el presidente Puigdemont. «Los derechos civiles no son del independentismo, sino de toda la sociedad. Han cruzado una línea», argumentaba uno de los manifestantes, Jaume Meléndez.

LAS CLAVESEn la vanguardia de la concentración, estaban muy pendientes del reflejo en medios internacionales La única protesta que alcanza a toda la ciudad es la cacerolada diaria que arrancó el miércoles

'Vips' en primera fila

La concentración ante la consejería de Economía se convirtió en la situación más tensa de la semana y dejó una imagen sin precedentes, la de los coches de la Guardia Civil con las ruedas pinchadas y cubiertos de carteles y pegatinas. La Fiscalía considera que se trató de una manifestación «tumultuaria» y ha presentado una denuncia por sedición, delito castigado con un máximo de quince años de cárcel, pero de nuevo parece existir una percepción un tanto exagerada del grado de violencia que se alcanzó. La protesta comenzó de forma espontánea pero muy pronto derivó en una convocatoria organizada -a las dos del mediodía, los indicadores de la entrada a Barcelona ya anunciaban que la Gran Vía estaba cortada «por manifestación»- y con el habitual cordón de seguridad de la Asamblea Nacional Catalana. Personalidades como Lluís Llach o Juanjo Puigcorbé visitaban la vanguardia de la supuesta turba, donde la gente estaba muy pendiente de los móviles para ver qué pasaba en la sede de la CUP -el otro punto conflictivo de la jornada- y cómo iban reflejando los medios internacionales lo que pasaba en Barcelona.

Lo mismo ocurrió al día siguiente, jueves, en la concentración frente al Palacio de Justicia para exigir la liberación de los detenidos de la víspera. Quizá sea el signo de los tiempos, quizá el talante catalán, quizá una simple estrategia para no rebasar ciertas líneas, pero el caso es que la muchedumbre transmitía más sensación de fiesta que de amenaza. Abundaban los jóvenes, con un discurso que a menudo sonaba a heredado: para describir la situación actual, muchos de ellos se apresuraban a tirar de Franco, el dictador que murió un cuarto de siglo antes de que ellos naciesen. «Ahora hay una nueva generación a la que sus padres ya le han explicado que, en esta España centralista y uniformadora, Cataluña no puede continuar, y conste que yo le tengo un gran cariño a España», aclaraba el jurista Jaume Giné, que tomaba parte en la movilización.

En realidad, la única protesta que alcanza a toda Barcelona es la que ha pasado más desapercibida: desde el miércoles, a las diez de la noche, suena a diario una cacerolada cuya intensidad ha sorprendido a muchos vecinos, poco acostumbrados a que ciertos barrios se sumen a este tipo de iniciativas. Pero, pese a la tranquilidad que sigue reinando en las calles, a nadie le puede pasar desapercibida la congoja con la que muchos catalanes encaran esta semana imprevisible y cargada de tensión. Estos días, cuando uno vuelve de Barcelona -y se va cruzando por el camino con decenas de coches de la Guardia Civil-, no puede quitarse de la cabeza el miedo a que suceda algo irreparable.

Fotos

Vídeos