Sánchez pone rumbo a la Moncloa sin restañar las profundas heridas del PSOE

Pedro Sánchez se dirige a los militantes socialistas ayer en la clausura del 39 Congreso Federal del PSOE. :: Óscar del Pozo

El secretario general inicia su segundo mandato con un guiño al 15M y señala al PP como único adversario político

PAULA DE LAS HERASPAULA DE LAS HERAS MADRID.

Lo que ocurra en el PSOE a partir de este momento será responsabilidad casi exclusiva de Pedro Sánchez. Nunca un secretario general había tenido tanto poder, nunca había dispuesto de semejante margen de maniobra para diseñar un equipo de dirección a su antojo o para marcar el rumbo del partido. Él ha decidido ejercerlo sin concesiones a quienes dejaron claro, ya en 2016, que no lo querían como líder. Su único gesto de integración ha sido la incorporación de Patxi López, el rival secundario de las primarias, como secretario de política territorial. Y eso explica, en buena medida, que la ejecutiva que salió del 39º Congreso Federal socialista, celebrado este fin de semana en Madrid, haya sido la de menor respaldo de la historia reciente: un 70'5%.

Son 20 puntos más de lo que obtuvo su candidatura gracias al voto directo de las bases el pasado 21 de mayo, pero 16 menos de los que cosechó la dirección de 2014, cuando colocó a casi todos los barones que lo habían ayudado a ser algo más que un simple diputado con aspiraciones y aún tenía el apoyo interesado de la entonces poderosa Susana Díaz. Es también una cifra inferior a la que obtuvo la ejecutiva de Alfredo Pérez Rubalcaba dos años antes (80%); de la que cosechó el equipo de José Luis Rodríguez Zapatero en 2000 (90,2%) e incluso de la que alcanzó el de Joaquín Almunia en 1997 (73%).

A los 'sanchistas', sin embargo, les preocupa poco. «Hoy (por ayer) el reloj del PSOE y el reloj de España marcan la misma hora; hemos puesto rumbo a la Moncloa», dijo el restituido secretario general sobre el escenario montado para su 'coronación', ante más de 5.000 militantes. Es difícil que, a corto plazo, el voto de castigo a la ejecutiva se traduzca en inestabilidad después del soberano sopapo que recibieron en las primarias sus críticos. De modo que Sánchez se mostró impasible.

Ni Felipe González, ni Zapatero, ni Rubalcaba estaban entre los asistentes al acto de clausura del congreso, algo inimaginable en otra época. Tampoco Susana Díaz, a la que en estos dos días se ha visto absolutamente derrotada; ni Javier Fernández, el presidente asturiano, al frente de la gestora desde el ya inolvidable 1 de octubre y absolutamente silente desde hace semanas. Ninguno tuvo que oírle decir a los militantes, henchido de orgullo: «Olvidamos lo que éramos y vosotros os levantasteis para recordárnoslo».

Tampoco le escucharon proclamarse heredero de la fallecida Carme Chacón y reivindicar su grito en el 38º Congreso, hace cinco años: «Si decimos izquierda, hacemos izquierda». Paradójicamente, en aquel cónclave Susana Díaz batalló a favor de la exministra de Defensa, mientras que Sánchez lo hizo por Rubalcaba. Pero quién se acuerda.

Líneas maestras

«¡Aquí -añadió el resurgido líder- está el PSOE!». A escasos metros, podía verse el pabellón en el que la presidenta andaluza presentó su candidatura arropada por todo el poder institucional del partido el pasado 25 de marzo. De haber ganado ella, seguramente, las líneas maestras del discurso socialista habrían sido muy distintas. Habría cargado con igual virulencia contra el PP y contra los populismos. Pero Sánchez ignoró a estos últimos y se mostró implacable con los primeros. «Nosotros sólo combatimos contra el PP», dijo.

En realidad, este PSOE que ahora empieza andar es tan consciente como el anterior de que Podemos es su rival. La diferencia es que no lo considera tanto enemigo ideológico como electoral. De modo que aspira a comerle terreno, por un lado, con guiños hacia quienes se pudieron ver seducidos en un primer momento por Pablo Iglesias (Sánchez llegó a apelar hoy a quienes ocuparon la Puerta del Sol) y por otro defendiendo su perfil de «izquierda de Gobierno, que tiene que hacer las cosas de manera seria».

Ambas vertientes estuvieron presentes en la intervención del secretario general. Por un lado aseguró que trabajará «sin descanso» para que haya una «mayoría parlamentaria alternativa que acabe con esta etapa negra del PP», por otro, prometió una «oposición de Estado». Recuperó la promesa de derogar la reforma laboral, defendió la educación pública, prometió que el PSOE revalorizará las pensiones y acusó al Gobierno de Mariano Rajoy de «corromper todo lo que toca, empezando por la Constitución española». Pero también dejó claro que estará a su lado para hacer frente a la segregación del independentismo. «Estoy a favor de España y del catalanismo», proclamó.

En el arranque de su segundo mandato aprovechó para dejar clara su posición sobre el modelo territorial, que tantos ríos de tintas hizo correr durante la campaña de primarias. Y defendió que España es una «nación de naciones», pero también que es «un país con un único Estado y una única soberanía». O sea, que de viva voz, evitó más desgarros internos en asuntos que toca la médula del partido. Es más, incluso deslizó un agradecimiento a sus dos contrincantes en las primarias, López y Díaz, por su trabajo. Pero eso no quita para que su comportamiento en el 39º Congreso haya levantado ampollas.

Los críticos admiten su sorpresa por la elaboración de una ejecutiva que tendrá ni más ni menos que 49 personas y que empezó de manera comedida pero ha acabado con incorporaciones que en algunos casos consideran hirientes . Y por la «limpia», dicen, en el Comité Federal.

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