Rivera, el socio preferente, relegado de nuevo a un segundo plano

M. E. ALONSO MADRID.

«A veces no le entiendo, señor Rivera, porque he compartido mis decisiones con usted». Mariano Rajoy afeaba así al líder de Ciudadanos sus críticas durante el debate monográfico en el Congreso sobre Cataluña.

No es ningún secreto que entre ambos líderes jamás ha existido una química amistosa. Son muchas cosas las que les separan. Especialmente en su forma de hacer política; una extensión de su personalidad. Rajoy ha hecho de su carácter pausado uno de sus rasgos más característicos mientras que a Rivera se le conoce por ser un hombre de reacciones inmediatas. Como tal apremió al Gobierno durante semanas para poner en marcha la maquinaria del Estado y aplicar el artículo 155 para devolver a Cataluña a la legalidad. Pero el presidente no se decidió a dar ese paso hasta asegurarse el respaldo del PSOE.

Aunque públicamente la formación liberal se limitó a dar la bienvenida al anuncio, el malestar interno fue evidente al quedar de nuevo Ciudadanos desplazado en una negociación importante que cocinaron Rajoy y Sánchez, y en la que Rivera fue el invitado a tomar café. En el PP no ponen en duda su lealtad política. Pero anticipan que en la campaña electoral que se avecina pondrán el énfasis en la «incoherencia» de su adversario al entender que no tuvo claro desde el principio la conveniencia de aplicar el artículo 155 y luego se erigió en su más firme adalid para dejar en evidencia las llamadas a la calma que procedían de la Moncloa.

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