Las Ramblas tratan de recuperar el pulso

Una familia de turistas pasea, ayer, por Las Ramblas de Barcelona. :: a. estévez / efe
Una familia de turistas pasea, ayer, por Las Ramblas de Barcelona. :: a. estévez / efe

Casi la totalidad de los establecimientos abren sus puertas cuatro días después de los atentados, a pesar del duro golpe

CRISTIAN REINO BARCELONA.

La vida sigue, pero ya nada será igual en Las Ramblas, convertidas en un santuario, donde los miles de viandantes se detienen ante las decenas de concentraciones de homenaje a las quince personas a las que fue arrebatada la vida la pasada semana de forma violenta por la barbarie terrorista.

Después de un largo fin de semana y con el fin de los tres días de luto oficial decretado por las autoridades, la arteria más dinámica de Barcelona trataba ayer de recuperar su pulso, aunque le costará días, semanas y puede que hasta meses, como a todos los que vivieron en primera persona el trágico atentado. Volver a recorrer el macabro trayecto que siguió Younes Abouyaaqoub deja un reguero de historias trágicas, desgarradoras, que dan una buena muestra de que Las Ramblas ya nunca serán lo mismo. Incluso los turistas ya no se comportan como tales: un silencio muy extraño preside la escena, nada que ver con el bullicio ensordecedor característico del epicentro del turismo barcelonés, atacado por el terrorismo.

«Aún estoy temblando», relata Javier, desde el mostrador de una parada de golosinas, en medio de Las Ramblas, por donde el terrorista dio rienda suelta a su sinrazón, atropellando a todo el que se le ponía por delante. «Lo que vimos parecía una película de terror, pero por desgracia era real», añade. Javier tuvo tiempo de refugiar a dos niños en su pequeña parada y cuando llegó la Policía fueron desalojados por un pequeña calle adyacente. Dos de las personas que vio malheridas, justo delante de su puesto de trabajo, acabaron falleciendo. Imagen terrible. Aun así, cree que hay que seguir para adelante, porque no nos queda otra.

Como él, la mayoría de las personas que trabajan en Las Ramblas, cuyos establecimientos han abierto todos estos días a pesar de la tragedia y pese a que hay gente que se ha cogido la baja laboral, incapaces de volver a su puesto de trabajo, según la psicóloga de emergencias Ana Romeu. «Queríamos hacer los días de luto decretados por las autoridades, pero el jefe no nos dejó. El capital manda», afirma Guillem con resignación, al otro lado del mostrador de su tienda de souvenirs. «Mis compañeros vieron al terrorista perfectamente pasando por delante de la tienda», explica. «Estos días cuesta dormir, porque hay imágenes que vuelven en todo momento», añade. Lo peor, remata, es tratar de cerrar los ojos y oír de nuevo el ruido de la furgoneta acelerando Ramblas para abajo. «Ese sonido no se me olvidará», señala. Está afectado, pero no cree que necesita ayuda de psicólogos -«hay gente que está peor», asegura- y cree que se nota en las caras, en cómo pasean los turistas, que ha pasado algo gordo. «Ni siquiera los italianos hablan a gritos», asegura con ironía.

Velas impresionantes

El buen humor ayuda a llevar la tragedia y también ayuda el apoyo que unos y otros trabajadores de la zona se dan en conversaciones muy cómplices que hasta ahora no compartían. «Lo peor fue llegar el sábado, de noche, y la única luz que se veía era la de las velas de los santuarios. Impresiona, pero hay que tirar para adelante. La vida sigue, aunque es duro decirlo», reflexiona Guillem, quiosquero. A su juicio, que haya mucha más presencia policial ayuda a volver a la normalidad, porque te ves más seguro, pero a la vez da más pánico, ya que te recuerda por qué están ahí. «Es una sensación muy rara», resume. «Todo parece extrañamente normal, pero se nota el nerviosismo», opina Carlos, trabajador de los autobuses turísticos, que tienen su base de operaciones en la plaza de Cataluña.

Quizá, quien mejor describe cómo se está produciendo ese lento y laborioso proceso de recuperación de la normalidad es Jousef, vendedor del top-manta, en la plaza de Cataluña, siempre con un ojo puesto en los agentes de la Guardia Urbana que patrullan por la zona. «La Policía nos sigue apretando igual», dice. Prueba de que la ciudadanía regresa poco a poco a sus pequeñas y rutinarias preocupaciones anteriores a las de los atentados.

Por otra parte, la Policía catalana tuvo que desalojar momentáneamente la zona alta de Las Ramblas por la aparición de una mochila sospechosa en un autobús. Fue pasada la una y media de la tarde cuando la alarma por un posible nuevo atentado sobrevoló la zona. Al final todo quedó en un susto y, tras las comprobaciones por parte de los Tedax, se constató que la mochila contenía efectos personales de un turista que se la había dejado olvidada.

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