Rajoy y Puigdemont libran una batalla que no zanjará el conflicto

El apoyo mayoritario entre los jóvenes a la independencia de Cataluña hace prever un crecimiento del movimiento secesionista en los próximos añosEl fenómeno separatista nunca ha escondido sus intenciones, y desde el primer tripartito presidido por Maragall ha ido articulando un discurso que ha calado en amplios sectores

RAMÓN GORRIARÁN

Diga sí o diga no Carles Puigdemont al requerimiento de Mariano Rajoy sobre si declaró la independencia de Cataluña, el desafío soberanista seguirá ahí. Partidarios y detractores están de acuerdo en que un fenómeno sobrealimentado en los últimos años no va a desaparecer de la noche a la mañana porque ahora no se den las condiciones para la independencia. Esta vez no habrá secesión pero el mismo escenario, o uno aún más complejo, regresará en unos años.

Dos ministros de Rajoy coinciden en admitir que «hoy estamos mejor que ayer pero peor que mañana» porque el soberanismo seguirá vivo aunque esta vez no haya conseguido sus objetivos secesionistas. El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, se lo avisó a Rajoy el pasado miércoles: «El problema de Cataluña no se soluciona en un cuarto de hora con un requerimiento y un burofax». El socialista Josep Borrel aventura que los independentistas «van a impedir ahora la tragedia, pero van a continuar la comedia». El portavoz del PNV en el Congreso, Aitor Esteban, cree que España se enfrenta a una encrucijada, victoria o solución, y el Gobierno de Rajoy, a su juicio, busca el triunfo de regate corto, parar la independencia pero sin ir al fondo del problema. Negar la existencia de una compacta masa social soberanista que no va a renunciar a sus ideales porque sí es tratar de tapar el sol con las manos.

Otra ministra también apunta que «esto es una cuestión de Estado y no de Gobierno». Pero el acuerdo entre Rajoy y Pedro Sánchez tiene más aroma a parche destinado a parar la declaración de independencia que a un acuerdo de fondo para rediseñar el modelo territorial de España y resolver el encaje de Cataluña. Sánchez trata de implicar a todas las fuerzas políticas en una reforma constitucional, pero antes de empezar a caminar ha tropezado con la resistencia, cuando no la negativa, de los nacionalistas a sumarse al debate.

El antisoberanismo no encuentra un discurso político eficaz para Cataluña más allá de la aplicación de la ley y la reforma constitucional. La épica del relato es monopolio independentista, que a ojos del mundo se ha apropiado del papel del David en el duelo contra Goliat. El futuro juega además a su favor porque el sentimiento soberanista es mayoritario (supera ahora el 50% y en algún momento se acercó al 60%) entre la población de 18 a 24 años y de 25 a 34, según reflejan los sondeos públicos y privados, mientras que el rechazo a la secesión se impone en las franjas más veteranas de edad.

En las elecciones de hace dos años, los secesionistas bordearon el 50% de los votos y, aunque solo sea por la dinámica demográfica, tienden a la expansión. Además, la generación de los que hoy son menores de edad se desenvuelve en un medio escolar con alto perfil soberanista. «Los colegios son fábricas de independentistas», se han quejado desde Sociedad Civil Catalana y fuerzas políticas como Ciudadanos y antes UPyD.

Aspiración mayoritaria

Votar sobre el estatus de Cataluña es, por otra parte, una aspiración mayoritaria entre sus ciudadanos, no solo los independentistas. En torno al 80% de la población votaría en un referéndum pactado, según recogen varias encuestas privadas (el CIS no pregunta por este supuesto). Un respaldo casi absoluto entre los soberanistas, y que supera el 40% entre los votantes del PP y Ciudadanos, y del 70% en el PSC. Un deseo hoy irrealizable porque ahora no hay margen político ni legal para pactar una consulta de autodeterminación, y es casi imposible que una reforma de la Constitución lo posibilite.

El conflicto, por tanto, no radica en si ha existido una declaración de independencia o no, es un problema político complejo que las fuerzas antisoberanistas no saben cómo encarar. «Es inútil intentar un debate racional con el soberanismo porque los sentimientos no atienden a las razones del otro», argumentan en el Gobierno. «Rajoy se ha limitado a cumplir el reglamento jurídico sin dar la batalla política», replican los socialistas, que tampoco tienen claro, más allá de los cambios constitucionales, en qué terreno se puede dar esa batalla política.

El caso es que el Gobierno y la oposición constitucionalista se enfrentan a un conflicto ante el que no saben qué armas utilizar, al margen de las legales, porque asuntos como la financiación, las infraestructuras o las singularidades identitarias son asuntos del pasado sin ningún atractivo para los secesionistas.

La confrontación se veía venir porque el movimiento independentista no ha parado estos años de lanzar avisos. Si algo no se le puede reprochar es que escondiera sus planes porque nunca lo ha hecho. El Gobierno en un principio no prestó especial atención a esas señales, y luego se enrocó en que la Constitución no permite los referendos separatistas y con ese parapeto jurídico prescindió de las iniciativas políticas.

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