Puigdemont recula en su discurso antieuropeísta al comprobar su soledad

Ni su partido ni Esquerra comparten su propuesta de un referéndum en Cataluña sobre la UE y en la Moncloa se cree que ha perdido el norte

RAMÓN GORRIARÁN

MADRID. Carles Puigdemont se ha convertido en víctima de los vaivenes de su discurso y se ha visto obligado a dar marcha atrás en su contundente alegato antieuropeísta. Después de haber definido a la Unión Europea como «un club de países decadentes» y mostrarse favorable a un referéndum en Cataluña sobre la permanencia en el club comunitario, el expresidente catalán reculó: «El catalanismo es indudablemente europeísta. Siempre lo ha sido, lo es y lo seguirá siendo».

Sus comentarios en una entrevista con una televisión israelí extrañaron y enfadaron a los suyos, además de motivar algún comentario sarcástico en la Moncloa sobre la visión política del expresidente de la Generalitat. En esa misma conversación con el canal 1 de Israel, Puigdemont defendió que la decisión de quedarse o salir de la Unión Europea no corresponde a Bruselas sino a «los ciudadanos de Cataluña» que deberían decidir en referéndum si quieren «pertenecer o no a esta Unión Europea», convertida en un ente «donde mandan unos pocos, ligado a intereses económicos cada vez más discutibles».

Ante la polvareda causada, Puigdemont envió ayer dos mensajes en Twitter para desdecirse. Primero, defendió la vocación comunitaria de Cataluña; y después abogó por una Europa «más integrada, más próspera, más democrática y más comprometida». El caso catalán, prosiguió, «es una oportunidad para avanzar hacia una Unión Europea más fuerte, donde la ciudadanía tenga cada vez más poder de decisión y los estados tengan menos». Ese, remató, «es el verdadero espíritu europeo». Ni mención a la decadencia ni al referéndum de permanencia.

A diferencia de otras ocasiones, esta vez no encontró quien jaleara sus palabras. En el partido de Puigdemont se levantó un espeso silencio apenas roto por el portavoz adjunto en el Congreso del PDeCAT, Jordi Xuclá, para subrayar «la vocación» europeísta de su partido y desestimó la celebración una consulta popular sobre la continuidad en la UE. Esquerra también reaccionó con incomodidad pero con claridad. «Somos eurocríticos, no euroescépticos», puntualizó su portavoz, Sergi Sabriá.

Apenas el diputado de Esquerra Gabriel Rufián, siempre atento al respaldo a las posturas extremas, añadió el calificativo de «miserable» al «club de países decadentes» mencionado por Puigdemont, aunque tampoco defendió una salida del club. Paso que de alguna manera avaló la secretaria general de Esquerra, Marta Rovira, porque su partido «nunca» se opone a «las urnas» y tampoco lo haría con un referéndum sobre la UE en el que votaría a favor de la continuidad.

Niño enfadado

El resto de valoraciones fue un rapapolvo sin distinción de colores. Mariano Rajoy señaló que el planteamiento de Puigdemont es «absurdo» y está «fuera de lugar». Para la portavoz del PSOE en el Congreso, Margarita Robles, es «una absoluta irresponsabilidad» o denota «desconocimiento». Esta segunda idea fue bastante compartida, entre otros por el secretario de Organización de Podemos, Pablo Echenique, quien reprochó al expresidente catalán que actúe como «si se tratase de un niño enfadado» con Bruselas al comprobar que peticiones de auxilio legal van a al cesto de los papeles mientras las tesis del Gobierno de España se imponen sin discusión. Más que infantilismo, el exministro socialista de Defensa José Bono apreció problemas de otra índole porque a su entender pasa por «un momento de desequilibrio personal muy considerable».

El Gobierno de Rajoy no quiso ahondar en el tema más allá de las críticas de su presidente, pero en fuentes gubernamentales se habla de que Puigdemont «ha perdido el norte». En la Moncloa están convencidos de que declaraciones de este tipo y otras que ha hecho juegan en contra del proyecto independentista y restan la credibilidad que aún pudiera tener a ojos de los organismos europeos. El Ejecutivo considera que se trata de una «pataleta» en vista de la pobre acogida a sus demandas de reconocimiento a sus planteamientos. Puigdemont siempre había defendido que la respuesta de Europa a la republicana catalana sería más comprensiva que la del Gobierno de Rajoy, pero se ha encontrado con un rechazo sin paliativos ni matices de las instituciones comunitarias.

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