No deseable pero inevitable

DIEGO CARCEDO

La tensa jornada que hoy se está viviendo en Cataluña, particularmente en Barcelona, era previsible pero no por eso deja de ser menos preocupante. Que los exaltados del secesionismo no asumirían con resignación las actuaciones de la Justicia las fuerzas del orden público ante sus atropellos a las leyes, nadie lo dudaba. La hora del diálogo, que lamentablemente no se inició, se ha interrumpido en espera de momentos más propicios y mientras, ha dado paso a la actuación de jueces y fiscales cuyos márgenes de actuación son más precisos e inamovibles.

Los que reivindican la independencia, y de manera especial los responsables de la Administración Autonómica y del funcionamiento del Parlament, han avasallado la Constitución y eso ningún país serio puede permitirlo ni dejarlo impune. Todo lo que está ocurriendo, desde las detenciones hasta los registros de centros oficiales pasando por la intervención de las cuentas de la Generalitat, no era ni es deseable, pero hay que reconocer, desde el mejor deseo de que todo se resuelva bien, que es inevitable.

El Gobierno central está actuando con medidas correctas de manual, aunque difícilmente va a poder hacer olvidar la pasividad con que contempló el problema durante años. Los independentistas dan la sensación de que no conocen los resortes de autodefensa de su integridad con que el Estado cuenta. Y desde el poder de manera consensuada con buena parte de la Oposición, se están poniendo en marcha con moderación pero anticipando que no se detendrán hasta que la normalidad democrática quede restablecida.

Los promotores del conflicto y los inductores de los incidentes que se están empezando a producir en las calles es evidente que intentan llamar la atención internacional, promover que los periódicos y las televisiones extranjeras difundan imágenes de fuerza y mejor violencia que les permita defender su causa con las mentiras ya conocidas de opresión, discriminación, violación de derechos, prácticas dictatoriales, etcétera y así generarles simpatías. Y eso seguramente lo van a conseguir hoy y en los días venideros.

Pero mientras tanto también van a propiciar que en el resto del mundo la imagen de España como país serio, con un Estado de derecho firme, se vea robustecida y su prestigio gane peso específico. Un país donde la democracia permite libertades amplias , que goza de leyes que garantizan la convivencia y que quienes osan violarlas -lo mismo da que sea por cometer delitos comunes que por dar tienda suelta a sus deseos, ambiciones, intereses o pasiones-, tienen que rendir cuentas, siempre con garantías protectoras, ante los tribunales .

Faltan diez días aún para el conflictivo referéndum ilegal en el que pretenden ratificar su decisión de proclamar la independencia y es lógico que la inquietud ante la evolución de los hechos vaya en aumento. Las consecuencias las empiezan a sufrir la gran mayoría de los catalanes que partidarios o no de la independencia quieren vivir en paz y que las cuestiones ideológicas las resuelvan los políticos que han elegido y pagan para representarles. Pero esos responsables, llámense Puigdemont, Junqueras o Forcadell, lejos de primar la sensatez no están dudando en poner en riesgo su futuro.

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